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Posts Tagged ‘Tim Harford’


Tim Harford acuñó el término de “economista camuflado” a través de la columna que escribe en The Financial Times, más tarde pasó a convertirse en el título de su libro más famoso: El economista camuflado, la economía de las pequeñas cosas. Según reza en la portada del ejemplar que tengo en casa, se han vendido más de 100.000 ejemplares en español. A mi parecer, el economista británico bien podría haber titulado su libro como “el economista descafeinado” (por la pregunta que, supuestamente, sirve de excusa para la existencia del libro: ¿quién paga tu café? o ¿por qué pagas en Starbucks –no le hace propaganda, ¡qué va!– por una taza de café el triple de lo que pagarías en un simple bar?) e, incluso, podría haberlo titulado como “el economista neoliberal declarado” que viene a ser el punto de vista económico que presenta el texto.

Lo bueno es que Harford, al menos, no se esconde detrás de sus palabras. Es claro en cuanto a su ideología económica y la mantiene intacta hasta la última palabra del libro (para los curiosos, la última palabra es Li –no me he vuelto loca, viene de Yang Li). Pero eso no quita que se ciegue en ella y no vea ciertos aspectos económicos que no son como el los pinta. No seré yo quien niegue que el sistema capitalista es fuerte: no por la situación de crisis actual, sino por las diferentes luchas que ha ganado a lo largo de la historia y que han dejado en la estacada a otros sistemas económicos. Pero, a parte de eso, el capitalismo tiene fallos que el señor Harford no ve o que cuando los ve los solucionan con dos bonitas palabras: crecimiento económico. Con eso y un bizcocho, todo arreglado. Bueno, con eso y con impuestos. Porque, tal y como deja caer en el libro, el dilema es: “márgenes más grandes por taza, pero menos tazas, o márgenes más pequeños en más tazas”. Ésta analogía de las tazas la podemos trasladar a cualquier tipo de industria/empresa e incluso al Gobierno: ¿impuestos altos pero sobre pocos productos, o impuestos  bajos sobre más productos? El centro de todo para Harford son los márgenes, los beneficios.

No voy a negar que algunas de las teorías que expone en el libro son acertadas. Haberlas haylas y, además, están bien fundamentadas. Pero hay frases que duele los ojos leerlas. También hay capítulos en los que puedo poner pocas pegas, como el dedicado a la bolsa porque lo que explica es correcto, aunque no explique demasiado (Capítulo 6); cuando pone el ejemplo de la “Subasta Vickrey” y habla de la teoría de los juegos (Capítulo 7); cuando habla de la sanidad y compara diferentes sistemas (Capítulo 5), o cuando habla del crecimiento de China (Capítulo 10), en el que sí le discuto que diga: “La política china de ‘un solo hijo por familia’ ha creado una sociedad en la cual las mujeres tienen tiempo para trabajar”. ¿No conoce la existencia de centros de adopción de, sobre todo, niñas chinas? ¿Desconoce que una gran parte de la población china no ha sido registrada en ninguna parte? También se hace el sueco cuando dice: “la sociedad occidental se basa totalmente en los mercados libres”, se puede basar en ellos, pero ¿dónde están? Yo lo que veo son mercados intervenidos, pero libres… Lo dicho, a veces se hace el sueco.

Veamos algunas de las lindeces que suelta Harford durante las más de 300 páginas que componen El economista camuflado.

Cuando hace referencia a diversas teorías sobre el comercio relacionadas con la ventaja comparativa (David Ricardo, Heckscher-Ohlin…) se olvida de que otras teorías, como la referente a las economías de escala o las políticas proteccionistas (vía aranceles, cuotas a la importación…), no siempre justifican que el comercio entre países sea positivo para todos. Ni el proteccionismo es tan malo, ni el liberalismo tan bueno.

Dejando el tema teórico de lado, Harford habla del medio ambiente en estos términos:

Los economistas también se preocupan por el medio ambiente (?), pero sueñan con un mundo en el que éste ya no sea un tema que invite a adoptar posturas morales, sino que se encuentre integrado adecuadamente dentro de la esfera de los mercados y del mundo de la verdad.

¿Y que nos cobren por respirar o que se vendan los bosques como se le ocurrió al gobierno británico para frenar la deuda pública? Pero la cosa no se queda ahí:

La ecologista Vandana Shiva habla en nombre de muchos cuando declara que “la contaminación se traslada de los ricos a los pobres. El resultado es un apartheid ambiental mundial.

Harford lo nieta alegando que:

Los peores problemas medioambientales, al menos hasta hoy en día, son consecuencia de la pobreza y no de la riqueza.

Tras leer esto se me quedaron los ojos como platos. ¿La culpa de todos los males la tiene los países pobres? ¡Qué tontos somos que no nos habíamos dado cuenta! (léase esto último con mucho sarcasmo). Ahora resulta que la contaminación no es problema de las fábricas de los países ricos, no, es problema de las chabolas africanas que emiten gases malignos. Es que telita…

Pero ya que estamos hablando de países pobres y ricos, más llamativo todavía es la justificación que el autor da a la existencia de países pobres: los países pobres son pobres (y ello “exige cierto esfuerzo”) porque los gobernantes se sienten amenazados y optar por robar todo lo que puedan antes de que los echen del poder. Y aquí una pensó, seriamente, en cerrar el libro y no volverlo a abrir. Pensamiento que reiteró cuando leyó el mayor eufemismo del libro:

El régimen de Sadam Husein parecía más fuerte que nunca tras una década de sanciones: fue una fuerza exterior y no un cambio interno la que lo expulsó del poder.

Señor Harford, con “fuerza exterior” ¿se refiere a una guerra por el petróleo que llevó a cabo el mismo país que apoyó el ascenso al poder del dictador? Buff…

Podría hacer algún apunte más, tanto positivo como negativo, pero creo que para finalizar, después de las incoherencias citadas, voy a hacerlo con una sentencia que se recoge en el libro y con la que estoy de acuerdo:

Pagarles a las personas porque están desempleadas fomenta el desempleo.

Resume lo que está pasando en España. Sí, la crisis y lo que quieras, pero ¿cuándo se pone la gente a buscar trabajo? En la mayoría de los casos, cuando se les acaban las ayudas. No me desvió del libro que si me voy por la crisis y los parados puedo no saber regresar.

En resumen, demasiado simplista. Está bien para acercarse a la economía, pero es sesgado aunque no más que cualquier otro libro sobre economía. Lo bueno es que explica todos los conceptos que introduce, está escrito de forma clara y amena. Pero también deforma, en parte, la realidad. Además, se lía. Harford promete un libro sobre las implicaciones de la economía en el día a día y es verdad que lo cumple hasta que, a mitad de libro, se pasa a la macroeconomía y a hablar del comercio entre países y de grandes economías mundiales.

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