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¿Por qué hay maíz en refrescos de cola, ketchup, queso, pañales, pilas, zumos, carne, pescado…? ¿Por qué todos los huevos tiene el mismo tamaño? Mucho más que fijarnos en las calorías que contienen los alimentos, hemos de controlar qué es exactamente lo que nos metemos en el gaznate.

¿Sabemos lo que comemos?

La realidad nos muestra que cada vez se cocina menos en casa y se come más comida rápida. También ha aumentado la producción de comida en masa frente a la producción casi artesanal tanto agrícola como ganadera, a pesar de ello en las etiquetas y envases de los alimentos se muestran granjas y árboles en lugar de probetas de laboratorio. Sin embargo, las voces críticas nunca se han callado, un gran número de personas apuestan por un futuro más responsable, más sostenible y basado en la biodiversidad. Se trata, en definitiva, de conseguir la soberanía alimentaria y de expandir movimiento slow, entre otros. Es más fácil de lo que parece luchar contra las grandes multinacionales que nos venden alimentos ricos en sal, grasa y azúcar. Tan sólo tenemos que dedicar unos minutos a saber qué es lo que compramos y decidir dónde comprarlo. “¿No le parece extraño que la gente ponga más trabajo en escoger su mecánico o su arquitecto, que a la persona que cultiva su comida?” tal y como plantea Michael Pollan en El dilema del omnívoro (recomendable lectura al igual que otra de sus obras, El detective en el supermercado).

Un cuerpo humano medio contiene suficiente hierro para hacer un clavo de 7’5cm, suficiente carbono como para hacer 900 lápices, suficiente fósforo para hacer 2.200 cerillas, suficiente azufre como para matar todas las pulgas de un perro medio y suficiente agua como para llenar un recipiente de 45 litros. Y todo eso tiene que salir de los alimentos. De ahí la importancia de su calidad y procedencia hasta el punto de que la comida puede activar o desactivar algunos de nuestros genes. Eso es lo que estudia la epigenética y la nutrigenómica: cómo influyen los componentes de los alimentos (y también de los envoltorios sintéticos que los contiene) que ingerimos en nuestras secuencias de ADN y cómo ello repercute en nuestra salud, la forma en la que envejecemos y las futuras generaciones, además de su influencia en la aparición de algunas enfermedades. Así, la pregunta que se nos plantea es ¿somos lo que comemos? Sí, pero no sólo lo que comemos hoy, sino lo que comieron nuestros ancestros y también lo que serán nuestros descendientes.

Pero, ¿sabemos lo que comemos? De forma periódica aparece información sobre los alimentos transgénicos y las nefastas consecuencias que para nuestra alimentación y el planeta pueden llegar a tener. Además de los transgénicos, también hemos de poner en el punto de mira a los alimentos clónicos. Hay miles de animales clónicos en el mundo y muchos de ellos llegan a nuestras mesas sin ninguna etiqueta específica que indique que lo son. En la Unión Europea está prohibida la clonación de animales que no se destinen a la investigación médica, sin embargo en Estados Unidos es habitual que los propios granjeros “produzcan” clónicos y la carne de sus descendientes llega hasta los consumidores sin ningún tipo de etiqueta que lo especifique y posibilite que el consumidor elija y sepa lo que come. En el documental El filete clónico se muestra el desconocimiento que hay al respecto de estos alimentos y como la excusa para seguir creándolos sea producir más cantidad en menor tiempo. ¿Por qué sobreproducir alimentos si actualmente ya se produce el doble de lo necesario? Coincido con Amartya Sen, Novel de Economía de 1998, “el problema del hambre no es un problema de producción, sino de acceso a los alimentos”.

Llegados a éste punto, no se salvan ni los vegetarianos ni los que no lo son. Se clonan y modifican genéticamente tanto animales como plantas cuyos frutos van destinados al consumo humano. Las semillas se modifican para hacerlas resistentes a plagas, pero también para evitar que al ser plantadas germinen. La situación empeora cuando estas mismas empresas intentan implantar su política de prohibición de guardar e intercambiar semillas entre los agricultores del tercer mundo. Así lo recoge la activista Vandana Shiva en Las nuevas guerras de la globalización: agua, semillas y formas de vida.

Alimentación… ¿saludable?

El caso de Morgan Spurlock en Super Size Me es una exageración, pero ver como las hamburguesas de una conocidísima multinacional alimenticia (que en España tiene sello de “Q” de calidad) producen un efecto tan nefasto en el cuerpo humano es, como poco, preocupante. El resultado en el organismo de Spurlock fue similar al que hubiese obtenido si en lugar de comer se hubiese dedicado a beber alcohol durante años. Del documental me llamó la atención como los responsables de la cadena de alimentación llegaron a asegurar en su propia defensa (¡!) en uno de los procesos abiertos contra ellos que es sabido por todos que cualquier procesamiento que se aplique a la comida hace que ésta sea más dañina que la comida no procesada. El juez del caso apodó a las hamburguesas comercializadas por la empresa como “McFrankensteins: una creación de varios elementos no utilizados por el cocinero del hogar”… Esta claro que la responsabilidad de que cerca de la mitad de la población estadounidense sea obesa no es sólo de las empresas de comida rápida, buena parte de la culpa la tienen las costumbres alimenticias de la población y también el ritmo de vida cada vez más acelerado en el que vivimos. Kelly Brownell, especialista en trastornos alimenticios y de peso, asegura que “vivimos en un entorno de comida tóxica y sin ejercicio físico”.

No abandono la comida rápida, pero ahora vamos a la ficción, una ficción bastante ácida y, porque no decirlo, algo real. En Fast Food Nation se habla no sólo de la contaminación alimenticia o del trato en los locales de comida rápida, se habla del problema de la inmigración, de quién realiza los trabajos sucios para que te puedas comer una hamburguesa, de la procedencia de la carne y del funcionamiento de la industria. Todo ello, como digo, de forma ficticia aunque algo realista. Y no porque se escupa dentro de los panecillo o se recojan cosas del suelo (evidentemente si lo pensase sólo comería en casa y no soy tan extremista), me refiero al tema fecal: algunos estudiantes de biología me han contado cosas al respecto de cultivos realizados con productos frescos (como vegetales ‘lavados’ y embolsados) que contiene este sito de sustancias.

Otro problema que se plantea es la uniformidad genética que se ha establecida a raíz de producir de forma masiva alimentos de una misma clase o especie y que ha llevado a la desaparición del 97% de las variedades de verduras y hortalizas que se cultivaban a principios del siglo XX. Todo ello porque se optó por el monocultivo. No se trata sólo de una pérdida irrecuperable de diversidad y sabores, sino de una mayor vulnerabilidad de las plantas ante insectos y enfermedades. Como consecuencia de ello se ha multiplicado el círculo vicioso de los insecticidas: cuanto más rocían las plantas más las tienen que rociar porque los insectos son inmunes a los insecticidas, lo que provoca el aumento de alergias entre la población.

Hemos “prefabricado” hasta tal punto la comida que los niños piensan que la leche viene del brick que sus padres compran en el supermercado. La vaca que aparece en el envase es sólo de adorno. Casi hemos olvidado que las frutas y hortalizas que uno mismo cultiva son más sabrosas que las que compramos en los supermercados. Nos hemos convertido en urbanitas que sólo se acercan al campo como turistas. Está claro que conciliar la vida profesional y familiar con el cultivo de alimentos es casi imposible, pero hay otras maneras de obtener comida saludable a precios razonables (lo que nos ahorramos comprando comida de procedencia industrial lo acabaremos pagando en medicamentos).

Cada vez comemos mejor, combinamos de forma más equilibrada los alimentos, pero comemos más calorías de las necesarias. Cada vez nos preocupa más la comida que los niños y jóvenes comen en los comedores de los colegios. Cada vez nos preocupa más lo que ingerimos. Ese es el principio para conseguir una alimentación sana, saludable y sostenible. Sí, sostenible, porque la comida que comemos ha viajado una media de 2.500 km hasta llegar a los supermercados, requiere más petróleo importado y aumenta la dependencia alimenticia entre países.

Pero lo más importante es reconocer las señales que nos mandan nuestro cuerpo y la naturaleza. Nada más simple que seguir el siguiente consejo: el cuerpo humano nos pide lo que necesitamos en cada momento y la naturaleza está preparada para darnos alimentos adaptados a las necesidades de nuestro cuerpo en cada época del año. Por ejemplo: las naranjas se recolectan en otoño y duran durante el otoño y el invierno, justo cuando nuestro cuerpo necesita mayores aportes de vitamina C; lo mismo ocurre con las granadas, fuente de antioxidantes; los tomates, aunque ahora los encontremos todo el año en el supermercado, etc. La interconexión global en la industria alimenticia es posible gracias a una inmensa telaraña de autovías, rutas marítimas y pasillos aéreos sin los cuales nuestras despensas quedarían vacías.

Ahora bien, una cosa es cuidarse comiendo sano y otra es obsesionarse con la comida sana. El culto al cuerpo, la lucha por conseguir unas medidas y peso ideal pueden llevar a perjudicar nuestra salud. La obsesión por la comida sana, conocida como ortorexia, es cada vez un trastorno más extendido en España. La mejor dieta: comer variado y en la justa medida, y hacer ejercicio. El sedentarismo y las prisas son los peores compañeros de una alimentación saludable.

El carro de la compra

Un melocotón, un tomate o un huevo crudo no nos resultan satisfactorios, queremos más. Más de mil veces cada año antes de todas y cada una de nuestras comidas nos ponemos a cortar, trocear, laminar, batir y mezclar lo que la naturaleza nos ha proporcionado. El deseo del hombre de diseñar su comida es lo que le diferencia de todas las demás criaturas que pueblan la tierra. Llevamos miles de años siendo verdaderos diseñadores de alimentos. Así, el mercado exige la continua presentación de productos novedosos.

Nada de lo que comemos es natural: la leche ha sido procesada, las semillas de los tomates han sido seleccionadas, las galletas y la pasta no existen en la naturaleza… Todo ha sido procesado. Lo verdaderamente natural es lo que crece sin más en la naturaleza y de eso comemos muy poco en realidad. Cocinamos, freímos, hervimos, troceamos… y con ello tratamos de que los alimentos no parezca que han estado vivos. Un ejemplo claro son las varitas de pescado: son poligonales (forma que no existe en la naturaleza) para evitar que parezcan pescado. No hablo de potenciar el crudivorismo, sino de ser conscientes de lo que comemos.

En los alimentos no solo influye en sabor, también lo hace el resto de sentidos. Una lechuga morada, un yogurt negro o una patata azul no nos los comeríamos aunque nos asegurasen que su tacto, olor, sabor y consistencia son los mismos. Los científicos que trabajan diseñando y creando nuevos alimentos lo saben. Y también saben que los términos científicos nos impresionan e influyen a la hora de comprar. De ahí la proliferación de alimentos probióticos, ecológicos, antioxidantes… que no siempre nos aportan los beneficios que el etiquetado sugiere.

Detenernos unos minutos en el supermercado, comprar las frutas y hortalizas en mercados agrícolas, comprar carne, huevos y pescado frescos, es la mejor manera preocuparnos por nuestra alimentación.

Fuentes:

Nota: Algunos de los documentales y reportajes pueden remover no sólo conciencias, sino también estómagos. Avisados estáis.

Alimentación (Tres14, La2)

Asombroso cuerpo humano: hábitos alimenticios (BBC)

El detective en el supermercado, Michael Pollan

El dilema del omnívoro, Michael Pollan

El filete clónico (La noche temática, La2)

El futuro de la comida (página web oficial del documental aquí)

En España, está aumentando la Ortorexia, fijación patológica por la comida sana (Telediario TVE1 del 12 de noviembre de 2011)

Epigenética: cómo la alimentación cambia nuestros genes (La noche temática, La2)

Fast Food Nation (aviso para navegantes, puede que después de ver la película no te apetezca ver una hamburguesa en varios años o tal vez te pase lo contrario –que es lo que me pasó a mí- y respondas que quieres comer hamburguesas para cenar…)

Food Inc,  Robert Kenner (2008 y web oficial)

La autopista de la alimentación (La noche temática, La2)

Las nuevas guerras de la globalización: agua, semillas y formas de vida, Vandana Shiva (2007)

Los principios de una dieta sana (Tres14, La2)­ ­ ­ ­

Super Size Me, Morgan Spurlock (2004)

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