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Aaron Sorkin, el reciente ganador del Oscar al mejor guión por “La red social”, ya tiene nuevo proyecto para televisión: More as the story develops (HBO) en el que vuelve a su tema fetiche: la televisión y sus entresijos. El nuevo proyecto destripará un programa de actualidad de una cadena de noticias (algo así como la CNN+ -esperemos que no tenga la misma suerte…-). ‘Mazel tov’ Sorkin.

Tras ésta noticias y mientras se me cae la baba esperando la nueva serie, hoy toca hablar de Studio 60 (NCB). Se trata de la última serie de televisión (su predecesora fue The West Wing) de Sorkin que cancelada muy injustamente tras solo una temporada (la sustituyo 30 Rocks y el cabreo de Sorkin parece que se ha pasado y aparecerá haciendo un cameo en la serie). Que sólo tenga una temporada no quita que sea uno de los productos más brillantes que ha pasado por la pequeña pantalla en los últimos años. Por eso  se merece una entrada larguísima en este blog. OJO: con spoilers sin previo aviso.

STUDIO 60 ON THE SUNSET STRIP

Sinopsis: Al principio de la veinteava temporada del programa Studio 60 on the Sunset Strip el productor ejecutivo irrumpe en pantalla para poner los puntos sobre las ies. Por ello es despedido y Matt Albie y Danny Tripp (guiones y director, respectivamente) se hacen cargo del programa. Además, una nueva cara llega a la dirección del a la cadena NBC, Jordan McDeere. La relación con los actores, dirección, guionistas… y sobre todo los problemas del día a día, marcan el eje central de la trama.

EL BACKSTAGE DE LA TELEVISIÓN

Sólo se necesita visionar los primeros diez minutos de Studio 60 on the Sunset Strip para saber que es una serie diferente. Va directa al grano, sin rodeos, y va a hacer que nos planteemos cuáles son los límites de la libertad de expresión, como funciona la televisión y cómo somos los espectadores. Aaron Sorkin no deja títere con cabeza y se agradece que así sea.

El backestage de la televisión se nos presenta como el escenario clave para plantear estas preguntas. Sorkin nos cuenta como se ‘cocina’ un programa de televisión, un late-night al más puro estilo Saturday Night Live o Mad-TV (aunque mucho menos socarrón y tosco que éste último) en el que la actualidad tiene un papel importantísimo y marca el contenido del programa. Los sketch, guionistas, actores, ejecutivos, anunciantes, productores… qué pasa tras las cámaras, qué ocurre en directo mientras estamos sentados tranquilamente en casa viendo un programa de televisión, todo se disecciona para mostrarnos el verdadero espectáculo: pasen y vean, esto es Studio 60, la verdadera televisión, la televisión dentro de la televisión.

Se trata de un “detrás de las cámaras” (el segundo para Sorkin después de Sport Night, 1998) en el que lo importante no es el resultado final, el programa de humor-actualidad, sino los entresijos del mismo. Por ello, tan sólo en contadas ocasiones podremos disfrutar de los sketches tal cual se emiten en televisión, lo que sí veremos serán los ensayos y todos los problemas que pueden surgir a lo largo de una semana de preparativos del directo.

Sorkin nos ofrece un producto de calidad, brillante e inteligente, pero tal vez por ello demasiado elitista para el público en general. Era su segunda incursión en el formato “televisión dentro de la televisión” y como la primera vez, no tuvo el éxito esperado. Parece que al público no le interesan los entresijos de la televisión, tan sólo buscan desconectar delante del aparato y no tener que pensar. Lástima, porque Studio 60 tenía muy buena pinta.

HUMOR Y CRÍTICA: TODO TIENE UN LÍMITE

“Este show solía ser de corte político y sátira social, pero le fue realizada una lobotomía por unos idiotas corruptos de la televisión que no harían nada por desafiar a su audiencia. (…) Estamos siendo lobotomizados por la industria más influyente de éste país. (…) Es una lucha entre arte y comercio. Siempre lo es, pero ahora les digo, le han dado una gran patada en el trasero al arte. Y esto nos hace pensar, nos hace unos perdedores”.

Éstas son varias de las perlas con las que el productor ejecutivo de Studio 60, Wes Mandell, arremete en directo (al más puro estilo Network, Sidney Lumet, 1976) contra el intento de censura de un sketch por parte de uno de los responsables de difusión de la cadena. Mandell intenta poner de manifiesto la falta de libertad de expresión existente en la televisión (y en otros medios de comunicación) que para el público no es visible. El programa del que Wes está al cargo es de humor y ya se sabe: “cuando uno es incapaz de reírse de uno mismo, ha llegado el momento de que los demás se rían de él”. Ese se supone que es el propósito de los programas de humor: hacer reír a la gente mediante sketch de temática diversa y en los cuales, mediante la risa, se intenta poner el acento en un aspecto importante en el que sería necesario mejorar o cambiar. Si no somos capaces de dejar que otros hablen mal de nosotros con argumentos (sea con humor o sin él) no podremos mejorar. Esta claro que todo tiene un límite, ¿pero quién debe marcarlo? He aquí el quid de la cuestión.

Otro aspecto que me gustaría destacar de Studio 60 es la visión que da sobre las relaciones laborales existentes detrás de las cámaras. Sorkin consigue explicar con imágenes cómo se realiza un programa de televisión integrando todos los niveles de trabajo: desde los ayudantes, peluquería, maquillaje, attrezzistas, realización, guionistas, actores, directivos, productores… Esa es el verdadero escenario en el que se desarrolla la serie: el backestage, por eso no solemos ver el resultado del programa como lo verían los espectadores desde su casa, sino que vemos los movimientos que se producen en el plato durante la grabación, durante los ensayos, como se enfrentan a los últimos cambios, a la “masacre del viernes” (selección de los sketch que se van a emitir y su inclusión en la escaleta, cómo se compagina ésta labor con los decoradores y los iluminadores para que no haya ningún problema a la hora de emitir en directo el programa), como se emite en directo en una parte del país y en diferido en la otra, como animan y entretienen al público antes de comenzar el programa, etc.  Así vemos los niveles de jerarquía y las rutinas de trabajo que tiene cada uno de los departamentos. Sobre todo nos gustaría destacar lo imprevisible del directo y como todos han de trabajar como una piña para conseguir un buen resultado (caso del capítulo en el que se produce la noticia del secuestro y posterior asesinato de una madre y su hija a manos del marido y padre de las mismas).

En cuanto a las situaciones difíciles (pongamos por caso el episodio del  “arca de Noé” con la serpiente, el hurón y el coyote) en las que se encuentran los protagonistas, a pesar de ser demasiado rocambolescas, en algunas ocasiones creo que la realidad puede llegar a superar la ficción. Tal y como dice Tom Meter: “la televisión en directo es como hacer equilibrios sin red”. Estos capítulos ayudan a comprender mejor las relaciones entre los diferentes personajes. Sin ir más lejos, en el primer episodio se marcan las jerarquías y los niveles de poder de la cadena y el programa.

Frente a estos episodios complicados, se encuentran otros más entrañables, como el caso del hombre mayor que tiene alzheimer y que había trabajado en la cadena y en el programa (primero se hacía en la radio y después en la televisión) y les cuenta cómo se hacía el programa en sus inicio, cómo se trabajaba y cómo tenían que hacer frente a la censura y a las presiones del momento.

Centrándonos en materia, en relación a los contenidos del programa se ve claramente que siempre hay unos temas que se repiten: policía, religión, racismo, la guerra, los tabúes referidos a la moral americana –como en el caso del soldado que dijo “joder” durante una conexión en directo-, las drogas, el tabaco, la homofobia,  etc.

Entre los temas que más se repiten, cabe destacar la religión con la yuxtaposición entre Matt Albie y Harriet Hayes (judaísmo y cristianismo). Merece mención aquel en el que se prepara un quizz en el que los participantes son un ortodoxo, un islamista, un cristiano, Tom Cruise como representante de la Cienciología y una bruja (Harriet haciendo de Holly Hunter) y en el que se ponen de manifiesto algunos de los prejuicios de unas religiones hacia otras y algunas de las incoherencias de las mismas (como en el caso de la edad de la tierra o los años que vivió Abraham). En otro momento, montan un sketch como si fuese una reunión entre los guionistas y Jesucristo para preguntarle, entre otras cosas, si le parece bien que su nombre forme parte de la exclamación “¡Jesús!” y si le parece bien que utilicen su nombre en un sketch.

Hay otros episodios en los que de forma directa Harriet y Matt se enfrentan y en uno de ellos Sorkin pone en boca de Matt la siguiente frase:

“Una cosa es que te pidan que respetes la religión de otros y otra muy distinta es que respetes sus tabúes”.

He ahí la verdadera cuestión de fondo que nos leva de nuevo a la libertad de expresión y a la complejidad para poder esquivar los controles y las presiones del los grupos de poder. Aquí se plantea una pregunta: ¿debemos mirar por los intereses de la mayoría de la población, por las minorías o intentar entablar un equilibrio entre ambos? La respuesta, como ya era de esperar, no es fácil y el consenso no siempre reporta beneficios a las cadenas. Es por ello que el difícil equilibrio entre lo que unos y otros quieren es lo que lleva a incluir o eliminar contenidos, lamentablemente, siempre uno sale perdiendo, pero es el precio que hay que pagar para intentar contentar a una parte de la audiencia y que no decida cambiar de canal.

LUGARES COMUNES

“Los espectadores no son más tontos que los que hacen los programas”

Ttal y como apunta McDeere, pero en la serie no es exactamente así. Tal vez nuestra posición de ciudadanos no-americanos nos impida entender algunas de las referencias (no demasiadas) y ello haga que no lleguemos a comprender totalmente el porqué de algunos acontecimientos. Por ejemplo, nos sigue chocando que antes de empezar el programa todos los actores se cojan de la mano y recen. Como dijo, las referencias que van apareciendo en la serie, de primeras, la dotan de un nivel más elevado de calidad y presuponen la existencia de un espectador que está a la altura para comprenderlas. No obstante, puede darse el efecto contrario, el espectador puede sentirse un tanto inferior al no entender porqué se refieren a tal o cual personaje o porqué debería de tener gracia una determinada situación. De ahí que se pueda considerar que la serie es un tanto elitista y ello, en los tiempos que corren y como ella misma ha demostrado al poder emitirse sólo una temporada, no se lleva demasiado bien con la audiencia. Una verdadera lástima, porque era una magnifica serie.

Lo dicho, si no la pudiste ver en su momento en CANAL+, ya estás tardando en verla.

Por cierto, para los curiosos, el título de ésta entrada hace referencia a la frase de Groucho Marx que aparece debajo del reloj del despacho de Wes (posteriormente será el de Matt) en el que aparece el tiempo que queda hasta el próximo programa.

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Paul NewmanPaul Newman, el hombre que tragaba huevos como nadie en La leyenda del indomable (1967), era el único que podía calificar a los Oscar de “pisapapeles”. Tal vez lo hizo para sacarse la espina de haber ganado una estatuilla dorada a toda su carrera un año antes de ganar el Oscar a mejor actor por su interpretación en El color del dinero (1986) y eso que ocasiones no le faltaron para ganarlo antes; o tal vez no. Lo que es cierto es que los premios en el cine son más un empujón a la taquilla que un merecido reconocimiento al trabajo bien hecho.

Se acercan los Goya, la Berlinale, los BAFTA, los Oscar y todos los antipremios que los preceden y desde la Revista Acción, Miguel Juan Payán y Jesús Usero se han lanzado a debatir sobre la relevancia de los premios en el cine. Unas conversaciones que espero se repitan de forma semanal (tal y como ha confirmado la revista si tiene buena acogida por los seguidores).

¡Lástima que no den jamón! Bromas a parte, estoy de acuerdo con Usero y con Payán en varios de sus comentarios. Del primero me quedo con la subjetividad necesaria e inherente de los premios y con que La red social (2010) se merece el Oscar al mejor guión (Sorkin, siempre Sorkin). De Payán me quedo con el morbo de los premios y las alfombras rojas y con que las mejores películas no son siempre las que reciben premios (lo mismo pasa con actores, actrices, directores…); pero le discuto muy mucho su interés por Shutter Island(2010), una de las películas de aparente suspense más previsibles que he visto en los últimos años. Una pega al vídeo: en los créditos falta poner música de Star Wars o de Regreso al Futuro –son las dos BSO que me vinieron a la cabeza cuando vi el vídeo por primera vez-.

Dejando los Oscar y los premios cantados a Firth y Portman, me meto de lleno en contestar a la pregunta “¿Sirven para algo los premios de cine?”

Si tenemos en cuenta que Hitchcock nunca recibió un Oscar, Kubrick sólo lo obtuvo por los efectos especiales de 2001…, Rita Hayworth, Greta Garbo, Peter O’Toole, Katherine Hepburn, entre otros, no lo recibieron nunca o fue honorífico o no acudieron a recibirlo por razones varias (entre las que supongo que se encuentra que el premio les venía al pairo). Y viendo que a algunos les ha ido como les ha ido tras ganar un premio gordo… No, los premios en general, no sirven para nada. No sirven porque no se es mejor actor/actriz, director, guionista, compositor… por tener en la vitrina veinte estatuillas. Se es mejor por el reconocimiento del público y de la crítica (en ese orden y a la inversa). Resumiendo, los premios de cine se pueden definir “como un desfile de carne de dos horas de duración, y todo por motivos económicos” (George C. Scott, director de Platoon -1986-).

Indudablemente, los premios y las alfombras rojas sirven más para rellenar revistas de cotilleos que para revistas de cine especializadas. Los vestidos, peinados, joyas, acompañantes… eso es lo que importa: lo monos que van y no lo buenos o malos que son en su trabajo. Los premios sirven para adornar mesillas de noche, estanterías, escritorios o el armario del water. Poco más. Y mucho más: sirven para engrasar la maquinaria cinematográfica; llamar la atención del público y conseguir más taquilla –una vida post-estreno más larga-; vamos, para conseguir más dinero y disponer de él para hacer películas más caras, porque eso siempre llama la atención al público, y de nuevo ganar premios o estar nominados para conseguir más dinero y hacer películas todavía más caras y… Lo que viene siendo la continuidad/viabilidad de la industria.

No puedo estar en contra ni a favor de los premios, estoy a medio camino. No me molestan, tampoco estoy siempre de acuerdo con los ganadores y no creo que sean el reflejo del trabajo bien hecho en todas las ocasiones ya que hay veces que son más publicidad que merecimiento. Como digo, un mal necesario.

Creo que Newman no bromeaba sobre lo que iba a hacer con el Oscar honofírico (que también), sino que hacía referencia a lo que algunos considerar que es ganar un premio: conseguir el éxito rápido, hacer mil papeles aunque sean una mierda y ganar pasta a raudales a costa de, como digo, elegir malos papeles. ¡Pero qué importa si me pego la vida padre!

Estoy mirando la foto de Newman, esos ojos inconfundibles –¡con lo que odiaba que le hablasen de ellos!- y me están entrando ganas de echar un trago… ¡Pónganme un chupito de J.T.S. Brown! Que ésta noche me voy a jugar al billar y a las cartas con Paul.

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