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Posts Tagged ‘lluvia’


Viernes tranquilo… Nada hacía presagiar que iba a pasar la media hora más “veloz” del año. Por suerte o por desgracia, me había metido entre pecho y espalda un bocadillo de jamón serrano y queso, aderezado con unas rodajas de tomaste, para comer. De postre, yogur.

Con la maleta preparada, duchada y con el pelo bien liso (esto parece baladí, pero todo tiene su porqué), salí del piso con destino a la estación de metro más cercana, situada justo en la calle paralela. Llegué allí con media hora de margen, más que suficiente para llegar a la estación de tren y tener que estar por allí dando vueltas unos veinte minutos. Habría sido así de no ser porque mientras me sumergía en la boca de metro comencé a oír un pitido y vi que las luces estaban apagadas. El chico de la taquilla se acercó a los que bajábamos y nos informó de que no había luz (eso era evidente) y que no paraban metros hasta que no se restableciese la electricidad. Nos aconsejó que intentemos ir a una de las dos paradas más cercanas y probásemos suerte allí. Adiós a la tranquilidad. “¿Cómo voy a ver si funciona alguna de las otras paradas con la mochila y el macuto a cuestas?”, ese fue el primer pensamiento que cruzó mi cabeza. Después, tras echar una mirada rápida al reloj y comprobar que tenía media hora para llegar a la estación y que ya no me parecía un margen tan grande, hice un repaso mental a varias cuestiones:

1) ¿Llevo dinero? No, creo que llevo 50 céntimos, tirando por lo alto. Por tanto, no puedo coger el autobús porque, para más inri, no llevo viajes en el bonobús. [Cuando llegué a casa comprobé que la cantidad no llegaba, siquiera, a 50 céntimos, en realidad llevaba 7 céntimos en la cartera… Si me hubiesen preguntado a mí para hacer el primer  Estudio sobre Medios de Pago, la media de 50€ habría bajado a -como poco- 20€]

2)¿Llevo tarjeta? Sí, pero no sé cuanto dinero hay. Sé que el taxi me costaría 6€, precio que, en proporción, es más caro que el propio billete de tren (9€) si tengo en cuenta la distancia entre un viaje y otro… Además, tendría que buscar un taxi que acepte tarjeta (parece que todos, hasta que topas con el que no).

3)¿Me da tiempo a ir andando? Mmm… creo que sí. Si tomo como referencia el tiempo que tardo en bajar al centro para ir de compras (unos 20 minutos), puede que me dé tiempo, aunque vaya cargada y eso sea un freno.

Justo cuando terminé de realizar éstas comprobaciones, un chico cargado con una mochila enorme llamó por teléfono a su padre para comentarle la situación y decirle que no estaba seguro de poder llegar al tren, que iba a ir a la estación a pie y que si no llegaba cogería el siguiente tren. Dicho y hecho. El chico se puso en marcha a toda velocidad y yo no fui menos: “si él va, yo también”.

Rauda y veloz empecé mi carrera contrarreloj esquivando a todo el que se ponía por delante, tuviese ruedas, piernas o patas, e incluso a una mujer que me preguntó por una dirección y a la que contesté sin detenerme: ¿no ve que llevo prisa, señora?. Mi previsión era que si cruzaba el puente con quince minutos de margen, llegaba a la estación a tiempo.  Con algo que yo no contaba era que el puente…¡tiene pendiente! Sí, es poca y cuando vas paseando prácticamente no se nota, pero cargada, con prisa y casi corriendo, es horrible. Una vez superé el obstáculo del puente, me quedaba la gran rotonda (por llamarla de alguna manera, porque en realidad no lo es). Allí los semáforos me jugaron una mala pasada. El chico de la mochila seguía su camino unos pasos por delante de mí. Él consiguió cruzar a tiempo, yo no. Mientras esperaba a que el semáforo cambiase de color, me quité el pañuelo del cuello y respiré un poco. Me estaba achicharrando con la chaqueta, pero para quitármela tenía que soltar el macuto y quitarme la mochila: demasiado tiempo perdido si el semáforo cambiaba de color.

¡Verde! Sólo tenía diez minutos para llegar a la estación, y todavía debía cruzar entera una de las calles más transitadas de Valencia, la Calle Colón. Tiendas y gente, más tiendas y más gente, más tiendas y gente que no se quiere dar cuenta de que vas cargada y no te puedes apartar, sino que o se quita o le das con la maleta…

Estoy cerca de la Plaza de Toros cuando veo un cartel de Nike en una tienda. Un cartel de recochineo hacia mí y mi situación desesperada: “corriendo llegarás dónde quieras” o “correr sin límites” (me suena más el primero, pero ya no estoy segura de lo que ponía en el cartel).  Mis piernas no dan más de sí, pero solo quedan unos metros para conseguir mi objetivo: llegar al tren.

Llegar, llegué, sudando mares. Esperé (y respiré) en la cola mientras que el revisor comprobaba mi billete y me daba  instrucciones sobre el vagón en el que se encontraba mi asiento (en el billete lo pone, pero te lo dicen igualmente). El hombre me dice: “Coche 2, de los primeros”. Mi duda aquí siempre es la misma: ¿de los primeros quiere decir que está al principio del andén o que está al principio del tren y, por tanto, el más alejado de la entrada al andén? No lo he preguntado nunca porque los vagones llevan letreros de bombillitas en las que se indica su número. Lo dicho, no era relevante preguntarlo. Hasta ayer. Resulta que “debido a un problema informático”, según me dijo el revisor que estaba dentro del tren, los vagones estaban mal numerados. Había dos vagones número 2 y uno de ellos era, en realidad, el número 5. ¡Qué casualidad!

Si a la aglomeración típica que se genera para subir al tren y acomodarte en el asiento, le sumas que muchos no teníamos ni idea de dónde estaba nuestro vagón. ¡Se montó una…! Pero eso no es todo (no podía serlo). Resulta que el tren son en realidad dos trenes de 3 vagones cada uno unidos por las máquinas. y llega un momento en el que no puedes pasar de vagón a vagón sin bajar del tren. Vamos, que te toca bajar del vagón, correr hacia el otro tren y subir. Todo ello con el correspondiente peligro de quedarte en tierra porque era casi la hora de salida. Una carrera más que menos tampoco importaba, así que me lance de nuevo al andén y conseguí subir al que se suponía que ya era mi vagón (que sí lo era). Justo cuando dejaba el macuto y la mochila, el tren se puso en marcha.

Sudando a mares, con la cara roja, abanicándome con la agenda y bebiendo agua (que menos mal que cogí una botellita que si no…), por fin pude decir que lo había conseguido. Cogí el móvil para enviar un mensaje contando (en modo resumen) lo que me había pasado y me vino una duda a la cabeza: ¿para eso me había duchado y planchado el pelo con esmero por la mañana? ¡Qué pena!

P.D.:  Esto fue el viernes, pero el miércoles, cuando llovió e hizo tanto viento en Valencia, acabé empapada a más no poder. Sí, llevaba paraguas, mi paraguas resistente, el que más me había durado (¡3 años!), pero el viento era demasiado fuerte y a dos calles de llegar a mi destino se rompió del todo. Tal era la pinta que llevaba que al llegar a la Facultad y estar esperando al ascensor (tenía clase en el quinto piso), había una mujer que me preguntó si iba así porque no llevaba paraguas… Lo de la lluvia también vino acompañado: tenía dos clases, pero una no la tuve porque la profesora no estaba y fue incapaz de enviar un correo electrónico para avisar. Vamos que hice el viaje y me empapé para hora y media de clase. Menos mal que después me llevaron al piso en coche.

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DEMONIOS

“Para soportar la vida, hay que estar dispuesto
a aceptar la muerte” -Sigmund Freud-

Llovía, lo había estado haciendo durante toda la noche. La lluvia incesante golpeaba contra los ventanales de mi habitación. El reflejo de los serpenteantes dibujos que recorrían el frío cristal intentaba mermar el destello de las estrellas. Poco a poco, la densa oscuridad se cernía sobre mi mente. Mi mente: lo más débil de mi ser… nunca he podido vencer a mis demonios… Siempre los noto llegar, lentamente, silenciosos, siempre acechando y esperando el momeno adecuado para actuar. Todo empieza a nublarse. Puedo notar el pulso en mis sienes, como un tambor lejano que se acerca. Mi respiración, antes relajada y pausada, ahora se torna rápida y entrecortada. La incertidumre rodea mi cama y yo me aferro a pequeñas banalidades para combatirlos. Mi mente acaba sucumbiendo.

Nunca hay más de uno. Uno sólo puede conmigo. La más bella dama me visita cada noche. Mi Dama, mi fiel y oscura enamorada. Me atormenta, me desconcierta… No importa que venda mi alma a un ser superior (o al menos lo intente), nunca se rinde. La siento entrar dentro de mi, envenenar mi sangre y sonreír. Ni la rabia ni la impotencia que se apoderan de mi consiguen liberarme. Nunca podré librarme de ella, me acompañará hasta el final…

Sonreír. Volver a sonreír. Dejar las lágrimas y mis tormentos lejos. Un pequeño destello de libertad aparece y me llena de oxígeno, me da fuerzas para seguir adelante. Lejanas notas resuenan en mi cabeza… parecen ser de una canción antigua… mi mente se aleja de mí… busca el camino que me lleve de nuevo a mi cama, a mi habitación, que me devuelva el sonido de la lluvia y la luz argentada de la luna sobre mi cara.

Sé que es un combate con un único vencedor. Mi Dama, mi pobre y solitaria Dama… ¿cómo olvidarte?, ¿cómo no sucumbir a tu misterio?… ¿cómo desvelar tu secreto sin amarte ciegamente? No puedo abandonate, te necesito junto a mí, recordándome lo efímero que es la vida y lo insignificante de mi ser. No importa que vengas, me persigas, me atormentes, me ames y quieras tenerme entre tus brazos eternamente… porque hoy ya no creo que haya mañana para mí.
Patri
-gràcies a un sonàmbul-

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