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Columna radiófonica emitida el 23 de abril de 2014, ‘Día del Libro’, en el programa “Pa’ que veas” de Radio Monóvar (sección ‘En el punto de mira’)

Espiral de libros. Fuente: National GeographicEn una sociedad que vive rodeada de tecnología, si no se enchufa o no tiene pantalla, es difícil que un objeto acapare nuestra atención. De ahí que algo tan simple y despojado de pretensiones como un libro pase casi desapercibido. Pero un libro es mucho más que un conjunto de hojas de papel encuadernadas o que una sucesión de líneas de texto en la pantalla de un eBook. Cualquier definición se queda corta para expresar todo lo que un libro guarda en su interior.

Su lectura nos entretiene, nos hace reflexionar, nos divierte, nos emociona, nos enseña. Y de ahí que sea imposible limitar a una definición de diccionario la “Dimensión Imaginaria” de la que hablaba Alejo Carpentier. Un libro contiene mil y una historias, mil y una aventuras, mil y un viajes. Sólo página a  página podemos viajar del centro de la tierra a los jardines de la Alhambra. De Macondo a revivir una tarde de verano a orillas del Jarama. Descubrir que libertad es una palabra enorme. Acariciar la suave piel con tacto de algodón de Platero. Conocer a los más de cien personajes que se dan cita en La colmena. Escuchar la sonoridad de los versos de Lorca, Neruda o Miguel Hernández sin olvidar a Machado. Convertirnos en detectives y hallar al asesino que se esconde en un exótico vagón de tren. Visitar el cementerio de los libros. Saber qué hace Eloísa debajo de un almendro o ponernos en la piel de Gregor Samsa aquel día que se despertó convertido en escarabajo. En definitiva, leer historias ficticias que parecen muy reales e historias reales tan inverosímiles que son difíciles de creer.

En un día como hoy en el que el libro es el protagonista, no hemos de olvidar al lector, porque sin él, no hay obra. La poesía, el teatro, el ensayo, el relato, el cómic, la novela, nacen de la complicidad entre creador y lector. Un libro tiene tantas versiones como lectores lo lean. Y de libro en libro llegaremos a la conclusión de que no solo somos lo que vivimos, también somos lo que leemos. Hagámosle caso a Flaubert y leamos para vivir.

 

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Como una manada de lobos que se cierne sobre su presa, así planea la vagancia sobre el lector y la pesadilla del estilo sobre el escritor. Seamos sinceros, el lector no lee a pesar de tener tiempo suficiente para ello, de tener a su alcance todo tipo de textos, poder leer de mil y una maneras y en tantos lugares como sea capaz de imaginar. Ahora bien, para el escritor tampoco es un camino de rosas escribir.

Leer no es fácil y mucho menos si tenemos en cuenta que nadie nos enseñó a hacerlo, pero sí nos obligaron a ello en la escuela, el instituto y la universidad. Nos mostraron la lectura como un enemigo, como un raptor de tiempo libre. Como un ser necesario, pero no placentero. Leer no es sólo pasar la vista por encima de un texto, es mucho más. Por ello, algunos aunamos un poco de fuerza de voluntad y muchas dosis de paciencia y tiempo e intentamos aprender a disfrutar de éste exquisito placer. Pero, ¿qué será de nosotros, de aquellos que de forma autodidacta aprendimos a amar la letra impresa, ahora que vemos trucar la lectura en papel por la lectura digital? ¿Quién se apiadará del humilde discípulo y le ayudará a reaprender a leer? Seguramente, nadie, será el mismo el que tenga que volver a aprender.

Pero escribir tampoco es fácil. Sobre el escritor acecha la sombra de la búsqueda del estilo propio. En la actualidad, además, parece que para muchos escritores “no cuenta el asunto de que se escribe, no cuenta acertar o desbarrar, no cuenta ni siquiera lo literario como tal, sino que sólo cuenta Fulano”. Las duras palabras de Fernando Savater en Despierta y lee nos acercan a la parte egocéntrica del escritos. Aquella por la que puede sucumbir a la fama en lugar de al arte de jugar con las palabras. Un buen escritor nunca debe perder de vista que lo más importante de una obra no se encuentra en la cubierta, sino en las páginas que ésta guarda. El buen escritor, ante todo, debe dejar de lado sus temores y desnudarse ante el lector. Debe, como buen pastor, luchar para que el lobo, se convierta en un animal en peligro de extinción, y así los descarriados rebaños de ovejas lectoras no se amilanen ante él y disfruten devorando el texto que les brinda su pastor. Por su parte, el escritor egocéntrico, debería dedicarse a escribir cuadernillos de caligrafía, eso sí, con mucho estilo y facilitando que otros le imiten, le copien letra a letra.

El lobo, Caperucita y los tres cerditos

Tanto en el bando de los lectores como en el de los escritores, encontramos dos posturas enfrentadas: los amantes de los clásicos por encima de todo y los amantes de la buena lectura sea cual sea su procedencia. Éste grupo debería prevalecer sobre el primero. Para los puristas, la bestia maligna parece ser el best-seller. No se dan cuenta de que lo importante de un libro no es el número de ejemplares que se hayan vendido, sino que despierte en nosotros, los lectores, el gusanillo de la lectura. Y si además enriquece nuestra experiencia mejor que mejor. ¡Qué más dará si un lector, ahora apasionada por la lectura, empezó leyendo el superventas del verano! ¿Quién digo que la calidad está reñida con el negocio? Lo importante, al igual que en la construcción de una casa, es empezar por los cimientos y que el material sea bueno. Y la calidad no siempre está reñida con los best-sellers.

El escritor, al igual que en el cuento de Los tres cerditos, debe saber huir y resguardarse bien del lobo, y el lector debe ser como Caperucita roja, puede ser engañado, pero tarde o temprano acabará descubriendo la verdad y enmendando sus errores. No podemos olvidar que crecimos acunados por cuentos infantiles y nada mejor que ellos para mostrarnos el buen camino.

Patricia Pastor.

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