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Un día cualquiera, después de cenar, enciendes la televisión y te acomodas en el sofá para disfrutar de… nada. Canal tras canal, la programación es insulsa, repetitiva, poco atractiva, en definitiva, tiene poco que aportar aunque a veces nos da una sorpresa y nos regala un programa o una serie que merece la pena ver y seguir. Pero los días en que no es así, al final, acabas apagando la tele y cogiendo un libro para devorar en la cama o dejando la tele puesta de fondo mientras entablas una conversación sustancial o insustancial con la familia (que tampoco viene mal) o terminas cambiando la pantalla del televisor por la del ordenador y bajándote/viendo alguna serie o chateando con los amigos. La oferta televisiva cada vez está más homogeneizada y, por tanto, la variedad es poca. La situación cada vez es más preocupante, antes sólo podíamos disfrutar de una decena de canales, hoy gracias a la TDT tenemos a nuestra disposición una oferta de más de cincuenta y día tras día se repite la misma situación.

Hace unos días llegó a mis ojos un vídeo sobre la falta de norte (o de sur) de las televisiones públicas. Se trata de un fragmento de una conferencia que José Ignacio González dio en el Salón de Actos de RTVE en Prado del Rey el pasado 25 de mayo. Puesto que el realizador de TeleMadrid se centra en la televisión pública, yo haré lo propio. Pero antes, “¡pasen y vean!” las esclarecedoras palabras de González.

De la intervención del realizador de TeleMadrid me gustaría destacar varios aspectos. El primero es la defensa de Gonzalez de los contenidos sobre el mercado, hecho que deriva de la idea de que la televisión pública ha de pensar al espectador no como consumidor, sino como ciudadano y, por ello, no puede (o no debe) dejarse arrastrar por los valores que guían a los canales privados. También me quedo con las palabras que referencia del directo de HBO (enlace en inglés) sobre las razones del éxito de los contenidos de la cadena norteamericana: “no hacer caso de los criterios del mercado, respetar la inteligencia de la audiencia, tener unos valores literarios y cultivar el talento y la libertad creativa”. Y. por último, destaco la importancia que le da a la necesidad de una televisión cercana, glocal, que refleje la diversidad cultural y trabaje en pos de la cohesión social, una televisión en la que todos tengamos voz y que verdaderamente vertebre el espacio público. Una televisión, en definitiva, que esté al servicio de la comunidad.

Las palabras de José Ignacio González contrastan con las opiniones que varios expertos y economistas dieron la semana pasada en la Cadena SER. En la cadena privada se centraron, mayoritariamente, en aportar argumentos por los cuales las cadenas de televisión públicas deberían echar el cierre y así ayudar a sanear las cuentas de las Comunidades Autonómas. El despilfarro y la mala gestión fueron el eje central del discurso. Así, Antonio Munez, Fernándo Pérez Rollo o Francisco Longo abogaban por reducir el gasto de las televisiones públicas. Como el tema dio para varios programas, me centro en la tertulia de Hora 25 del 15 de junio (empieza a los ocho minutos). “Según un informe de la consultora Deloitte, en 2009 las cadenas autonómicas costaron 813 millones de euros en subvenciones, ingresaron 233 millones en publicidad y sus pérdidas ascienden a 772 millones de euros” apuntaba Àngles Barceló. Sin embargo, no se puede generalizar. Un ejemplo de ello es Canal Sur, cuyas cuentas están saneadas. Pero no me voy a centrar en este punto, sino en el caso de cuatro televisiones públicas cuya razón de ser se basa en un pilar tan básico e importante como la lengua. Estoy hablando de Canal 9, TV3, ETB y TGV. En el programa de radio citado, se hizo un repaso a estas y otras televisiones como TeleMadrid y Canal Sur, pero a diferencia de estas dos, las cuatro anteriores tienen un rasgo distintivo que las hace necesarias: la normalización lingüística, el uso de la lengua (valenciano/catalán, vasco y gallego) y, en algunos casos, la construcción de una conciencia nacional (principalmente en Cataluña).

La audiencia de las televisiones públicas autonómicas suele ser baja, aunque existen excepciones, como el caso de TV3 que es la cadena más vista en Cataluña, muy por encima de TeleCinco que es la segunda. Otro rasgo que las caracteriza es la configuración del ente público como grupo mediático compuesto por varias cadenas de televisión, portales de información y contenidos en Internet y emisoras de radio. Además, su programación no es estrictamente autonómica, un ejemplo de ello es que en los informativos suene hacerse eco de noticias de ámbito estatal e internacional. Por último (aunque se podría seguir), muchas de las televisiones públicas autonómicas se caracterizan por altas cuotas de endeudamiento, opacidad en las cuentas del ente público y por la manipulación política, siendo Canal 9 y TeleMadrid suelen ser los cabecillas del ranking.

Las preguntas que suscitan las cifras y rasgos señalados se pueden resumir en las tres siguientes: ¿Tiene sentido una red de televisiones públicas autonómicas? ¿Tiene sentido que continúen funcionando bajo el mismo modelo de financiación? ¿La privatización es la única solución? ¿Hace falta que una televisión autonómica tenga tres canales de televisión?

Sí, las televisiones públicas autonómicas tiene una importante labor que desarrollar, pero no lo hacen o no tanto como deberían. Se trata de un importante elemento de cohesión social que, en ocasiones, acaba al servicio del gobierno de turno con lo que su función acaba diluyéndose y reduciéndose a ser los altavoces del partido establecido en el parlamento autonómico. Y ya que hablamos de cortes y parlamentos regionales y, por ende, de subvenciones, tal como apuntó Pablo Carrasco (director general del ente radio televisión andaluza – Canal Sur-): “la televisión pública puede vivir sin publicidad si tiene un sistema de financiación bien planteado”. Es decir, podría copiarse el modelo de financiación de RTVE en las autonómicas si se fijasen unas bases clara para hacerlo. En estos momentos y dado la elevada dependencia a las subvenciones y a los inversores privados sería casi imposible, pero si es verdad que también faltan contenidos con los que poder generar ingresos. Y no sólo eso ya que, en cuanto a contenidos y programación, Enrique Bustamante, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, aseguraba en el mismo espacio radiofónico que el mejor modelo a seguir era el que se propuso en los 80’ para la televisión pública: un modelo, a semejanza del alemán, en el que la segunda cadena de TVE se convertiría en una cadena regionalizada. Con ello, las televisiones regionales y locales cubrirían exclusivamente un radio de información limitado, siendo La2 el escaparate nacional de cada pequeño espacio de cobertura, minimizando el despilfarro en delegaciones autonómicas de la cadena pública española y dinamizando los puestos de trabajo en el audiovisual de las CCAA.

Llegados al punto de la privatización, Esperanza Aguirre y MªDolores de Cospedal defienden en Madrid y Castilla La Mancha, respectivamente, la liberalización de las televisiones autonómicas. En Hora 25 se hicieron eco de las siguientes declaraciones de Aguirre: “no entiendo porque tiene que existir TeleMadrid, una televisión pública si no hay panaderías públicas”. Tampoco tiene mayor importancia teniendo en cuenta que lo mismo piensa la señora Aguirre de las escuelas públicas y de los hospitales públicos. Parece que cuando oye que algo es “público” le entra un sarpullido. En el punto de la privatización estoy un poco entre Pinto y Valdemoro, considero que depende de qué cadena de televisión pública se trate, podría mejorar su funcionamiento si fuese privada, pero en otros casos no lo veo así. Como digo, no creo que la privatización sea la panacea para todas y cada una de las cadenas públicas de televisión autonómicas. Lo que sí tengo claro (y puede que aquí sí pueda estar un punto que les ayudaría a solucionar sus problemas de financiación) es que una televisión autonómica no necesita disponer de más de un canal (a lo sumo dos, en casos excepcionales) para su funcionamiento. Si tenemos en cuenta que las autonómicas tienen unas cifras bajas de audiencia en sus canales principales, cuando hablamos de canales secundarios las cifras se desploman todavía más. Tal vez si centrasen sus esfuerzos en mejorar los contenidos de un canal y conseguir subir las audiencias podrían gestionar mejor los recursos de que disponen y no despilfarrar y endeudarse hasta las trancas queriendo mantener varios canales que no ve nadie.

Con el apagón analógico llegó el follón de los aparatos de TDT

No puedo terminar sin hablar de la BBC (enlace en inglés), paradigma de la televisión pública de calidad, ni sin hacer referencia a la TDT. En el primer caso, me gustaría destacar las palabras de su fundador, John Reith (enlace en inglés), quien enumeró los valores de la cadena: informar, educar (crea contenidos educativos desde 1952) y entretener siendo imparciales en lo que a tratamiento informativo y de actualidad se refiere. Es verdad que la cadena cuenta con cuatro canales, pero se financia a través de cánones y de la venta de productos audiovisuales de generación propia. En cuanto a la TDT –me centraré en la gratuita, de la de pago ya hablé aquí– al igual que ocurre con las autonómicas con tres canales: más no tiene porqué ser mejor. Ahora disponemos de más de cincuenta canales de televisión que dejan mucho que desear por la falta de contenidos. La mayoría de canales de TDT no tienen una programación definida y los programas que emiten son de baja calidad, por no hablar de la reposición de contenidos. Falta creatividad, falta considerar al espectador como un ser inteligente y no como un amasijo de carne sentado en el sofá que va a tragarse lo que pase por pantalla sin rechistar. Se dijo que con la TDT nacerían canales temático y, a excepción de los dedicados a deporte, los únicos propiamente temáticos son los de la teletienda…

Con diversos fragmentos de canciones que hacen referencia a la televisión, comenzó la tertulia de Hora 25, y yo termino con uno de esos fragmentos: “damos gracias a la tele por abrirnos sus canales, disfrazarnos las verdades y vender trivialidades” (no me preguntéis de quién es porque no lo he encontrado…). Espero que las banalidades, frivolidades, trivialidades y demás “idades” se queden en las televisiones privadas y que la televisión pública llegue algún día a ser, sin excepciones, sinónimo de calidad.

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Aaron Sorkin, el reciente ganador del Oscar al mejor guión por “La red social”, ya tiene nuevo proyecto para televisión: More as the story develops (HBO) en el que vuelve a su tema fetiche: la televisión y sus entresijos. El nuevo proyecto destripará un programa de actualidad de una cadena de noticias (algo así como la CNN+ -esperemos que no tenga la misma suerte…-). ‘Mazel tov’ Sorkin.

Tras ésta noticias y mientras se me cae la baba esperando la nueva serie, hoy toca hablar de Studio 60 (NCB). Se trata de la última serie de televisión (su predecesora fue The West Wing) de Sorkin que cancelada muy injustamente tras solo una temporada (la sustituyo 30 Rocks y el cabreo de Sorkin parece que se ha pasado y aparecerá haciendo un cameo en la serie). Que sólo tenga una temporada no quita que sea uno de los productos más brillantes que ha pasado por la pequeña pantalla en los últimos años. Por eso  se merece una entrada larguísima en este blog. OJO: con spoilers sin previo aviso.

STUDIO 60 ON THE SUNSET STRIP

Sinopsis: Al principio de la veinteava temporada del programa Studio 60 on the Sunset Strip el productor ejecutivo irrumpe en pantalla para poner los puntos sobre las ies. Por ello es despedido y Matt Albie y Danny Tripp (guiones y director, respectivamente) se hacen cargo del programa. Además, una nueva cara llega a la dirección del a la cadena NBC, Jordan McDeere. La relación con los actores, dirección, guionistas… y sobre todo los problemas del día a día, marcan el eje central de la trama.

EL BACKSTAGE DE LA TELEVISIÓN

Sólo se necesita visionar los primeros diez minutos de Studio 60 on the Sunset Strip para saber que es una serie diferente. Va directa al grano, sin rodeos, y va a hacer que nos planteemos cuáles son los límites de la libertad de expresión, como funciona la televisión y cómo somos los espectadores. Aaron Sorkin no deja títere con cabeza y se agradece que así sea.

El backestage de la televisión se nos presenta como el escenario clave para plantear estas preguntas. Sorkin nos cuenta como se ‘cocina’ un programa de televisión, un late-night al más puro estilo Saturday Night Live o Mad-TV (aunque mucho menos socarrón y tosco que éste último) en el que la actualidad tiene un papel importantísimo y marca el contenido del programa. Los sketch, guionistas, actores, ejecutivos, anunciantes, productores… qué pasa tras las cámaras, qué ocurre en directo mientras estamos sentados tranquilamente en casa viendo un programa de televisión, todo se disecciona para mostrarnos el verdadero espectáculo: pasen y vean, esto es Studio 60, la verdadera televisión, la televisión dentro de la televisión.

Se trata de un “detrás de las cámaras” (el segundo para Sorkin después de Sport Night, 1998) en el que lo importante no es el resultado final, el programa de humor-actualidad, sino los entresijos del mismo. Por ello, tan sólo en contadas ocasiones podremos disfrutar de los sketches tal cual se emiten en televisión, lo que sí veremos serán los ensayos y todos los problemas que pueden surgir a lo largo de una semana de preparativos del directo.

Sorkin nos ofrece un producto de calidad, brillante e inteligente, pero tal vez por ello demasiado elitista para el público en general. Era su segunda incursión en el formato “televisión dentro de la televisión” y como la primera vez, no tuvo el éxito esperado. Parece que al público no le interesan los entresijos de la televisión, tan sólo buscan desconectar delante del aparato y no tener que pensar. Lástima, porque Studio 60 tenía muy buena pinta.

HUMOR Y CRÍTICA: TODO TIENE UN LÍMITE

“Este show solía ser de corte político y sátira social, pero le fue realizada una lobotomía por unos idiotas corruptos de la televisión que no harían nada por desafiar a su audiencia. (…) Estamos siendo lobotomizados por la industria más influyente de éste país. (…) Es una lucha entre arte y comercio. Siempre lo es, pero ahora les digo, le han dado una gran patada en el trasero al arte. Y esto nos hace pensar, nos hace unos perdedores”.

Éstas son varias de las perlas con las que el productor ejecutivo de Studio 60, Wes Mandell, arremete en directo (al más puro estilo Network, Sidney Lumet, 1976) contra el intento de censura de un sketch por parte de uno de los responsables de difusión de la cadena. Mandell intenta poner de manifiesto la falta de libertad de expresión existente en la televisión (y en otros medios de comunicación) que para el público no es visible. El programa del que Wes está al cargo es de humor y ya se sabe: “cuando uno es incapaz de reírse de uno mismo, ha llegado el momento de que los demás se rían de él”. Ese se supone que es el propósito de los programas de humor: hacer reír a la gente mediante sketch de temática diversa y en los cuales, mediante la risa, se intenta poner el acento en un aspecto importante en el que sería necesario mejorar o cambiar. Si no somos capaces de dejar que otros hablen mal de nosotros con argumentos (sea con humor o sin él) no podremos mejorar. Esta claro que todo tiene un límite, ¿pero quién debe marcarlo? He aquí el quid de la cuestión.

Otro aspecto que me gustaría destacar de Studio 60 es la visión que da sobre las relaciones laborales existentes detrás de las cámaras. Sorkin consigue explicar con imágenes cómo se realiza un programa de televisión integrando todos los niveles de trabajo: desde los ayudantes, peluquería, maquillaje, attrezzistas, realización, guionistas, actores, directivos, productores… Esa es el verdadero escenario en el que se desarrolla la serie: el backestage, por eso no solemos ver el resultado del programa como lo verían los espectadores desde su casa, sino que vemos los movimientos que se producen en el plato durante la grabación, durante los ensayos, como se enfrentan a los últimos cambios, a la “masacre del viernes” (selección de los sketch que se van a emitir y su inclusión en la escaleta, cómo se compagina ésta labor con los decoradores y los iluminadores para que no haya ningún problema a la hora de emitir en directo el programa), como se emite en directo en una parte del país y en diferido en la otra, como animan y entretienen al público antes de comenzar el programa, etc.  Así vemos los niveles de jerarquía y las rutinas de trabajo que tiene cada uno de los departamentos. Sobre todo nos gustaría destacar lo imprevisible del directo y como todos han de trabajar como una piña para conseguir un buen resultado (caso del capítulo en el que se produce la noticia del secuestro y posterior asesinato de una madre y su hija a manos del marido y padre de las mismas).

En cuanto a las situaciones difíciles (pongamos por caso el episodio del  “arca de Noé” con la serpiente, el hurón y el coyote) en las que se encuentran los protagonistas, a pesar de ser demasiado rocambolescas, en algunas ocasiones creo que la realidad puede llegar a superar la ficción. Tal y como dice Tom Meter: “la televisión en directo es como hacer equilibrios sin red”. Estos capítulos ayudan a comprender mejor las relaciones entre los diferentes personajes. Sin ir más lejos, en el primer episodio se marcan las jerarquías y los niveles de poder de la cadena y el programa.

Frente a estos episodios complicados, se encuentran otros más entrañables, como el caso del hombre mayor que tiene alzheimer y que había trabajado en la cadena y en el programa (primero se hacía en la radio y después en la televisión) y les cuenta cómo se hacía el programa en sus inicio, cómo se trabajaba y cómo tenían que hacer frente a la censura y a las presiones del momento.

Centrándonos en materia, en relación a los contenidos del programa se ve claramente que siempre hay unos temas que se repiten: policía, religión, racismo, la guerra, los tabúes referidos a la moral americana –como en el caso del soldado que dijo “joder” durante una conexión en directo-, las drogas, el tabaco, la homofobia,  etc.

Entre los temas que más se repiten, cabe destacar la religión con la yuxtaposición entre Matt Albie y Harriet Hayes (judaísmo y cristianismo). Merece mención aquel en el que se prepara un quizz en el que los participantes son un ortodoxo, un islamista, un cristiano, Tom Cruise como representante de la Cienciología y una bruja (Harriet haciendo de Holly Hunter) y en el que se ponen de manifiesto algunos de los prejuicios de unas religiones hacia otras y algunas de las incoherencias de las mismas (como en el caso de la edad de la tierra o los años que vivió Abraham). En otro momento, montan un sketch como si fuese una reunión entre los guionistas y Jesucristo para preguntarle, entre otras cosas, si le parece bien que su nombre forme parte de la exclamación “¡Jesús!” y si le parece bien que utilicen su nombre en un sketch.

Hay otros episodios en los que de forma directa Harriet y Matt se enfrentan y en uno de ellos Sorkin pone en boca de Matt la siguiente frase:

“Una cosa es que te pidan que respetes la religión de otros y otra muy distinta es que respetes sus tabúes”.

He ahí la verdadera cuestión de fondo que nos leva de nuevo a la libertad de expresión y a la complejidad para poder esquivar los controles y las presiones del los grupos de poder. Aquí se plantea una pregunta: ¿debemos mirar por los intereses de la mayoría de la población, por las minorías o intentar entablar un equilibrio entre ambos? La respuesta, como ya era de esperar, no es fácil y el consenso no siempre reporta beneficios a las cadenas. Es por ello que el difícil equilibrio entre lo que unos y otros quieren es lo que lleva a incluir o eliminar contenidos, lamentablemente, siempre uno sale perdiendo, pero es el precio que hay que pagar para intentar contentar a una parte de la audiencia y que no decida cambiar de canal.

LUGARES COMUNES

“Los espectadores no son más tontos que los que hacen los programas”

Ttal y como apunta McDeere, pero en la serie no es exactamente así. Tal vez nuestra posición de ciudadanos no-americanos nos impida entender algunas de las referencias (no demasiadas) y ello haga que no lleguemos a comprender totalmente el porqué de algunos acontecimientos. Por ejemplo, nos sigue chocando que antes de empezar el programa todos los actores se cojan de la mano y recen. Como dijo, las referencias que van apareciendo en la serie, de primeras, la dotan de un nivel más elevado de calidad y presuponen la existencia de un espectador que está a la altura para comprenderlas. No obstante, puede darse el efecto contrario, el espectador puede sentirse un tanto inferior al no entender porqué se refieren a tal o cual personaje o porqué debería de tener gracia una determinada situación. De ahí que se pueda considerar que la serie es un tanto elitista y ello, en los tiempos que corren y como ella misma ha demostrado al poder emitirse sólo una temporada, no se lleva demasiado bien con la audiencia. Una verdadera lástima, porque era una magnifica serie.

Lo dicho, si no la pudiste ver en su momento en CANAL+, ya estás tardando en verla.

Por cierto, para los curiosos, el título de ésta entrada hace referencia a la frase de Groucho Marx que aparece debajo del reloj del despacho de Wes (posteriormente será el de Matt) en el que aparece el tiempo que queda hasta el próximo programa.

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