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Con más de un año de retraso se estrena en España, Si quiero silbar, silbo, del director rumano Florin Serban (2010). No es baladí subrayar el lapso de tiempo transcurrido desde el estreno de la película en la Berlinale de 2010 –en la que consiguió alzarse con el Gran Premio del Jurado- hasta el estreno de la cinta en las salas españolas. Si estuviésemos hablando de una película americana o, por extensión, rodada en cualquier país anglófono, nos resultaría extraña la tardanza. Sin embargo, es algo que sucede habitualmente con películas europeas y latinoamericanas. Y la razón no tiene nada que ver con la calidad de las cintas.

La disminución de la oferta de cine europeo en la mayoría de las salas de nuestro país tiene dos orígenes. El primero, el chovinismo que predomina en la industria cinematográfica de los países europeos. El segundo, la política de las salas de cine de estrenar las películas de procedencia europea estrictamente necesarias para cumplir con la cuota marcada por ley.

Al final, el único perjudicado es el espectador que asiste desamparado al retraso de los estrenos e incluso se queda sin la posibilidad de ver la película en pantalla grande. En el caso de Si quiero silbar, silbo, hemos tenido algo de suerte.

Si quiero silbar, silbo narra la historia de Silviu (George Pistereanu), un joven al que le quedan pocos días para salir del centro de menores en el que lleva cuatro años internado. Los últimos días de reclusión transcurren con normalidad hasta que recibe la visita de su hermano pequeño (Marian Bratu). Éste le comunica que su madre (Clara Voda) ha regresado y quiere llevarlo con ella a Italia. Silviu intentará impedirlo por todos los medios, aunque para ello tenga que poner en peligro la vida de una trabajadora social en prácticas (Ada Condeescu).

Sin aditivos. Siguiendo una de las reglas esenciales del cine enunciada por François Truffaut: “todo lo que se dice en lugar de ser mostrado se pierde para el público”. Con apenas unas líneas de guión, cámara en mano y rehuyendo del uso de música para ambientar las escenas, Florin Serban retrata con claridad la rabia contenida y el anhelo de libertad del protagonista. Es por ello que la destreza del director rumano se plasma en las escenas que transcurren al aire libre y lejos de las verjas del reformatorio, a las que consigue imprimir una fuerte sensación de opresión. La tensión es patente a lo largo de la película, aunque la acción es escasa. Un ambiente recreado con fidelidad gracias a la elección de actores, en su mayoría, no profesionales. Tal vez por ello, ninguna interpretación sobresale del resto, aunque en conjunto forman un todo coherente y realista.

“La destreza del director rumano se plasma en las escenas que trascurren al aire libre y lejos de las verjas del reformatorio, a las que consigue imprimir una fuerte sensación de opresión”

La tensión es patente a lo largo de la película, aunque la acción es escasa. Un ambiente, el de un centro de menores rumano, recreado con fidelidad gracias a la elección de actores no profesionales. Ello no ha impedido configurar un plantel de actores cuyas interpretaciones, todas igual de niveladas, forman un todo coherente y realista.

Uno de los elementos que aportan fuerza y vitalidad a la película es la mirada del protagonista. Serban retrata sus ojos de frente, sin bajar la cámara ni situarla en posiciones poco naturales. En algunos momentos de la narración, los ojos de Silviu recuerdan los de Antoine Doinel en Los cuatrocientos golpes (François Truffaut, 1959). Una mirada desubicada, por momentos titubeante pero con tintes de determinación, que busca respuestas cuyo fundamento se sitúa más allá de la soledad y el desamparo en el que vive.

Silviu representa a los denominados “niños fresa”, jóvenes rumanos que crecieron solos cuando sus padres los abandonaron para irse a trabajar recolectando fruta a Italia o España. Así, estamos ante una película de marcado carácter de denuncia social. El propio título de la cinta expresa el canto a la libertad que es, en realidad,  Si quiero silbar, silbo. Una llamada a luchar contra la injusticia. Un clamor, con tintes de rebeldía, que plasma la batalla del protagonista por impedir que su historia se repita en la piel de su hermano.

Si quiero silbar, silbo no hace más que confirmar el buen momento que vive el cine rumano. Un país emergente cinematográficamente hablando, que lleva una década aportando películas de calidad a través del trabajo de jóvenes directores como Cristian Mungiu (4 meses, 3 semanas y 2 días; Historias de la Edad de Oro), Corneliu Proumboiu (12:08 al este de Bucarest), Cristian Nemescu (California Dreamin), Radu Jude (La chica más feliz del mundo) o el propio Florin Serban. Los trabajos de todos ellos poseen un rasgo común: muestran la realidad social de su país, marcada por la herencia histórica que ha modulado el carácter del pueblo rumano, desde diferentes perspectivas.

Es una lástima que películas como las citadas continúen teniendo una distribución y exhibición tan limitada y minoritas en nuestro país.

Crítica publicada en el portal CineCrítico.es el 11/01/2012

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