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Posts Tagged ‘AVE’


Esta entrada ha sido etiquetada en la categoría de “Conversaciones en el transporte público”, a pesar de que no hubo ninguna conversación. Ocurrió en el tren de Valencia-Murcia de las siete de la mañana, ese que ahora llaman Media Distancia para que te cueste más caro el billete pero que tarda lo mismo que un regional de toda la vida al que le han puesto mesas y enchufes en los asientos y televisores en los vagones que sólo emiten publicidad de RENFE. Lo único que realmente ha mejorado es el baño y que los asientos son reclinables (iba a señalar las máquinas expendedoras de comida, pero son más caras que en los regionales, así que no).

Corredor mediterráneoNo suelo coger éste tren porque sale demasiado pronto, pero no me quedó otra opción porque es el único regional que va hacia Alicante desde Valencia por las mañanas (hasta las tres de la tarde no hay ninguno más, después suele haber uno a las cuatro y, el último, a las ocho menos cuarto –tanta alegría por el AVE y nadie parece ver que el sistema centro periferia de trenes es una mierda, lo que hay que articular de una vez por todas es el corredor mediterráneo: ¡hace mucha más falta!-). El sábado tuve que cogerlo para volver a casa porque me quedé el viernes en Valencia. La gran idea era no dormir y coger el tren directamente, pero viendo la mierda de noche que se acabó presentando… Sí, sí, en mi pueblo hay más gente un viernes por la noche de fiesta que en Valencia. ¡Qué triste! Lo peor es que no es la primera vez que me pasa. Valencia, lleva cuidado que mi límite es tres.

Total que al final no fue no dormir y al tren, fue dormir en el sofá un rato y al tren con una cara de zombi bien bonita. Mi esperanza era subir pronto al vagón, acomodarme en el asiento, poner la alarma en el móvil y dormir a pierna suelta hasta llegar a Elda. Estaba a punto de conseguirlo cuando una mujer mayor se sentó a mi lado. En otra ocasión no tendría sentido lo que voy a señalar, pero aquí sí: era muda. Su marido o un familiar estaba bajo del tren y se hacían señas. Hasta aquí todo perfecto. Pero claro, el que estaba bajo quería decirle algo y como la mujer no lo miraba, no podía y no se le ocurrió otra idea mejor que pegar al cristal de la ventana cuando yo estaba casi dormida. Me tocó hacer de mensajera. En realidad, pensando que tendría por delante hora y media de plácido sueño, no me importó del todo ayudar en sus comunicaciones silenciosas.

Hay dos anécdotas que se escapan del desastre de viaje: una ocurrió pocos minutos antes de ponerse en marcha el tren cuando un hombre con tres perros –tipo pastor alemán- intentó subir al tren con ellos e ir a Murcia, el revisor lo echo (a mi me dio un poco de pena porque los perrotes eran muy mansos), la segunda se dio al ir a bajar en la Estación de Elda, donde los de seguridad habían “cogido” un hombre que vendía regaliz por los vagones (también me dio pena porque no hacía nada malo).

Pero vuelvo al relato de mi pesadilla. El verdadero problema llegó cuando el tren se puso en marcha. Yo cerré los ojos y la fuerza me abandonó para volver a abrirlos hasta que mi compañera de viaje empezó a roncar. No a respirar fuerte, no, a roncar a pulmón vivo. Mi cara de “esto no puede ser verdad” era innegable. Intenté vislumbrar algún asiento libre en el vagón pero, aunque parezca mentira por la hora que era, no había ni un miserable hueco libre. Me volví a sentar cabreada y con mucho sueño. La única solución que veía era darle un pequeño codazo a la señora para ver si así se despertaba y mientras ella se despertaba yo me sumía en un profundo sueño. Tan sólo necesitaba cinco minutos, nada más. Después la señora podría roncar a pierna suelta que yo no me enteraría. Pero la señora no reaccionaba a mis codazos –que dejaron de ser tan suaves como el primero-. Así que me pasé hora y media de viaje muerta de sueño, con unas ojeras y un careto que denotaban mi hastío y cansancio. Para desgracia mía, porque no era mi día de suerte, la señora no se bajaba antes de mi estación, con lo que no hubo ni diez minutos de descanso. Menos mal que al llegar a la estación mi padre me estaba esperando en el coche y al llegar a casa me pegué una siesta (del borrego, que dice mi madre) de cuatro horas. Pero no, no acaba aquí la entrada con un final semifeliz de descanso. Resulta que al final no me fui a Alicante en busca de pantalones vaqueros (tema al que, en breve, dedicaré un post) y, encima, me he puesto mala de la barriga. ¿Será el vodka rojo? Laura dice que sí, yo creo que él sólo no puede tener la culpa, pero que también ha ayudado.

Sólo recuerdo un viaje de tren similar, por lo mal que lo pasé: en aquella ocasión iba medio pedo (culpa del vodka también, pero esta vez del normal), eran las siete y media de la tarde y el tren tardo dos horas y media en llegar a Valencia en lugar de hora y media, todo el viaje de pie, con un malestar y unas ganas de vomitas horribles. Fue hace seis años. Ya van dos, mi límite sigue siendo tres.

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