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Arrugas (Ignacio Ferreras, 2012) es una película inusual. Primero, porque al igual que De profundis (Miguelanxo Prado, 2007) y Chico&Rita (Fernando Trueba, Javier Mariscal, Tono Errando, 2010), es una de las pocas películas españolas de animación en 2D destinada al público adulto.  Segundo, porque es la adaptación del cómic homónimo de Paco Roca, ganador del Premio Nacional de Cómic 2008. Y, tercero, porque en ella los “superhéroes” son un grupo de entrañables ancianos que viven en un geriátrico.

El estilo sencillo, característico de la animación tradicional en la que predominan los trazos limpios y el color sin estridencias, sirve de marco para una historia llena de crudeza y emotividad sobre la soledad, el aislamiento, la amistad, la dignidad, la vejez, el Alzheimer y la demencia senil. Una película que hace aflorar al anciano que algún día llegaremos a ser. El mensaje –a modo de dedicatoria- que cierra la película no deja lugar a dudas, la cinta apela directamente “a los ancianos de hoy, a los ancianos de mañana”.  Pero, a pesar de lo trascendental que puede parecer su temática, el humor, la ternura y la imaginación están presentes a lo largo de todo el largometraje. El secreto para que una historia de tal calado, que se atreve a poner nuestras emociones a flor de piel y a mostrarnos los reveses de la vida sin edulcorantes, se convierta en una obra maestra radica en la humildad de la narración, tanto en el cómic como en la película.

Arrugas cuenta la historia de Emilio, antaño director de una pequeña sucursal bancaria de barrio. Su hijo lo lleva a regañadientes a una residencia de ancianos. Su compañero de habitación es Miguel (aquí, a diferencia del cómic, con acento argentino), un viejo pillo que se toma la vejez con sentido del humor. Junto a ellos, un elenco de personajes entrañables que va desde un locutor de radio que repite hasta la saciedad lo que los demás dicen, hasta una anciana que teme ser abducida por los extraterrestres, pasando por una anciana que cree viajar en el Orient Express. Todos ellos conviven en la residencia bajo la atenta mirada del personal médico y el temor de ser trasladado a la “planta de los desahuciados”.

“Un relato respetuoso, maduro y sincero que ahora Ignacio Ferreas y su equipo han trasladado a la gran pantalla viñeta a viñeta”

La vejez como punto de partida del final de nuestra existencia y el Alzheimer como vehículo para mostrar lo frágiles y vulnerables que nos volvemos en la última etapa de nuestras vida. En éste contexto, Arrugas sigue la estela de películas como La caja de Pandora (Yesim Ustaoglu, 2008), ¿Y tú quién eres? (Antonio Mercero, 2007), Iris (Richard Eyre, 2001), El hijo de la novia (Juan José Campanella, 2000), ¿Te acuerdas del amor? (Jeff Bleckner, 1985) o Dejad paso al mañana (Leo McCarey, 1937).

Jorge Luis Borges asimiló los recuerdos a un “montón de espejos rotos” a partir de los cuales tratamos de reconstruir nuestras vivencias. Un ejercicio de autoevaluación y reafirmación de la propia identidad que las personas que sufren de Alzheimer no pueden realidad. “El largo adiós”, apelativo con el que uno de los personajes se refiere a la dolencia en la película, nos muestra lo vulnerables que son los pacientes que la padecen y el vínculo de dependencia que se crea con sus parientes. El tacto con el que se trata el día a día de la enfermedad y sencillez con la que se nos muestra la dedicación de los familiares hacia los pacientes, convierten a Arrugas en una película de visionado imprescindible.

Paco Roca fue capaz de plasmar en un cómic la realidad de la vejez y el Alzheimer, convirtiendo su creación en una obra atemporal, universal. Lo hizo creando una historia dura pero realista, llena de ternura sin caer en sentimentalismos. Un relato respetuoso, maduro y sincero que ahora  Ignacio Ferreras y su equipo han trasladado a la gran pantalla –casi- viñeta a viñeta.

Crítica publicada en el portal CineCrítico.es el 05/02/2012

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