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(Casi un mes después de las elecciones de EE. UU., ahí va mi análisis de la campaña 2.0 Obama vs. Romney)

Ni Barack Obama, ni Mitt Romney. El presidente con el que los americanos sueñan es Josiah Bartlet. El problema es que Bartlet es un personaje de ficción, concretamente el protagonista de El Ala Oeste de la Casa Blanca, creado por Aaron Sorkin. Eso sí, únicamente él reunía todas las características necesarias para convertirse en presidente del país más influyente del mundo, y en el rey del universo. Y eso que no contaba con Internet para comunicar su campaña…

Hoy los medios sociales y la Web 2.0 se han convertido en herramientas indispensables para movilizar a la opinión pública (más si tenemos en cuenta las peculiaridades del sistema electoral americano). El ejemplo de las últimas elecciones presidenciales de los Estados Unidos lo confirma: el camino a la Casa Blanca se ha convertido en un  auténtico combate en los medios sociales.

Burros contra elefantes: el combate

Primer asalto: la gran tela de araña  

Obama contaba con la experiencia de la campaña de 2008, en la que fue pionero en el uso de los medios sociales y cambió las reglas del juego. Desde entonces el marketing político no se puede desligar del uso de los medios sociales.

Ya no basta con estar presente, hay que mantenerse activo. Los burros y los elefantes lo han demostrado a través de sus perfiles sociales en Facebook, Twitter, Youtube, Tumblr, LinkedIn, Spotify, Instagram, Flickr, Pinterest, otras plataformas sociales menos conocidas y wikis como Central Desktop para organizar a sus voluntarios (como hizo Obama en 2008). Ello ha llevado a ambos candidatos a construir una gran tela de araña social bajo la premisa de que detrás de todo perfil se esconde un votante por el que luchar tanto en el ámbito online como en el offline.

Segundo asalto: ¡esto es la guerra… de datos!

Romney consiguió ponerse a la altura de Obama en pocos meses, a pesar de la ventaja con la que éste contaba. En los siguientes gráficos se recogen los principales datos de la campaña 2.0 de ambos candidatos.

Grafíco 1: social media en la campaña Obama vs. Romney (pinchar para ampliar)Gráfico 2: campaña medios sociales Obama vs. Romney (pinchar para ampliar)

Más allá de la guerra de datos, del número total de seguidores, de likes, retuits y trending topics, el dato más significativo de la campaña digital se deriva del número real de seguidores americanos y con derecho a voto de cada candidato. Sólo a través de él se puede conocer hasta qué punto el mensaje ha llegado de forma efectiva al público objetivo al que se quería impactar y saber si los medios sociales han influido o no en el resultado de la votación.

A pesar de la interacción de los candidatos (y sus esposas, los vicepresidentes…) en los medios sociales, estos singuen sin ser un medio de debate real, tan sólo sirven para viralizar de forma masiva propaganda electoral. En éste sentido, Obama y sus “chicos de la cueva” hicieron un gran trabajo al exprimir la hipersegmentación que permiten la Web 2.0 a la hora de hacer llegar sus anuncios al público objetivo buscado: fueron directos a por los votantes, no esperaron a que estos llegasen. La medición de los datos y su seguimiento jugaron un papel importantísimo para conseguirlo.

Obama y Romney no sólo tuitearon, actualizaros sus estados, publicaron en blogs, subieron vídeos e imágenes a la red (imprescindibles para generar engagement) y rompieron récords, también aprovecharon las posibilidades que las plataformas les ofrecíanpara captar fondos (fundraising) y seguir engrasando la maquinaria electoral. Ello ha hecho posible que ésta haya sido la campaña más cara de la historia.

Final del combate: presidente 2.0

Obama es, oficialmente, el primer presidente 2.0 tras ganar la batalla (online y offline) y hacerse con la reelección en la primera campaña  100% digital.

Obama ganó porque fue capaz de adecuar el branding personal al medio y al mensaje que quería transmitir, y lo hizo mejor que Romney. En otras palabras, Obama supo trasladar y adaptar las herramientas de las campañas tradicionales a la Web 2.0 (y a las aplicaciones móviles) sin dejar de lado las herramientas puramente online.

Sin duda, la campaña Obama vs. Romney servirá de base para próximas campañas electorales de los países desarrollados. Como ciudadanos, ¿estamos preparados para ello? Más todavía, ¿están los políticos preparados?

P.D.:  ¿Hablaré algún día de EE. UU. sin mencionar a Aaron Sorkin?

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Aaron Sorkin, el reciente ganador del Oscar al mejor guión por “La red social”, ya tiene nuevo proyecto para televisión: More as the story develops (HBO) en el que vuelve a su tema fetiche: la televisión y sus entresijos. El nuevo proyecto destripará un programa de actualidad de una cadena de noticias (algo así como la CNN+ -esperemos que no tenga la misma suerte…-). ‘Mazel tov’ Sorkin.

Tras ésta noticias y mientras se me cae la baba esperando la nueva serie, hoy toca hablar de Studio 60 (NCB). Se trata de la última serie de televisión (su predecesora fue The West Wing) de Sorkin que cancelada muy injustamente tras solo una temporada (la sustituyo 30 Rocks y el cabreo de Sorkin parece que se ha pasado y aparecerá haciendo un cameo en la serie). Que sólo tenga una temporada no quita que sea uno de los productos más brillantes que ha pasado por la pequeña pantalla en los últimos años. Por eso  se merece una entrada larguísima en este blog. OJO: con spoilers sin previo aviso.

STUDIO 60 ON THE SUNSET STRIP

Sinopsis: Al principio de la veinteava temporada del programa Studio 60 on the Sunset Strip el productor ejecutivo irrumpe en pantalla para poner los puntos sobre las ies. Por ello es despedido y Matt Albie y Danny Tripp (guiones y director, respectivamente) se hacen cargo del programa. Además, una nueva cara llega a la dirección del a la cadena NBC, Jordan McDeere. La relación con los actores, dirección, guionistas… y sobre todo los problemas del día a día, marcan el eje central de la trama.

EL BACKSTAGE DE LA TELEVISIÓN

Sólo se necesita visionar los primeros diez minutos de Studio 60 on the Sunset Strip para saber que es una serie diferente. Va directa al grano, sin rodeos, y va a hacer que nos planteemos cuáles son los límites de la libertad de expresión, como funciona la televisión y cómo somos los espectadores. Aaron Sorkin no deja títere con cabeza y se agradece que así sea.

El backestage de la televisión se nos presenta como el escenario clave para plantear estas preguntas. Sorkin nos cuenta como se ‘cocina’ un programa de televisión, un late-night al más puro estilo Saturday Night Live o Mad-TV (aunque mucho menos socarrón y tosco que éste último) en el que la actualidad tiene un papel importantísimo y marca el contenido del programa. Los sketch, guionistas, actores, ejecutivos, anunciantes, productores… qué pasa tras las cámaras, qué ocurre en directo mientras estamos sentados tranquilamente en casa viendo un programa de televisión, todo se disecciona para mostrarnos el verdadero espectáculo: pasen y vean, esto es Studio 60, la verdadera televisión, la televisión dentro de la televisión.

Se trata de un “detrás de las cámaras” (el segundo para Sorkin después de Sport Night, 1998) en el que lo importante no es el resultado final, el programa de humor-actualidad, sino los entresijos del mismo. Por ello, tan sólo en contadas ocasiones podremos disfrutar de los sketches tal cual se emiten en televisión, lo que sí veremos serán los ensayos y todos los problemas que pueden surgir a lo largo de una semana de preparativos del directo.

Sorkin nos ofrece un producto de calidad, brillante e inteligente, pero tal vez por ello demasiado elitista para el público en general. Era su segunda incursión en el formato “televisión dentro de la televisión” y como la primera vez, no tuvo el éxito esperado. Parece que al público no le interesan los entresijos de la televisión, tan sólo buscan desconectar delante del aparato y no tener que pensar. Lástima, porque Studio 60 tenía muy buena pinta.

HUMOR Y CRÍTICA: TODO TIENE UN LÍMITE

“Este show solía ser de corte político y sátira social, pero le fue realizada una lobotomía por unos idiotas corruptos de la televisión que no harían nada por desafiar a su audiencia. (…) Estamos siendo lobotomizados por la industria más influyente de éste país. (…) Es una lucha entre arte y comercio. Siempre lo es, pero ahora les digo, le han dado una gran patada en el trasero al arte. Y esto nos hace pensar, nos hace unos perdedores”.

Éstas son varias de las perlas con las que el productor ejecutivo de Studio 60, Wes Mandell, arremete en directo (al más puro estilo Network, Sidney Lumet, 1976) contra el intento de censura de un sketch por parte de uno de los responsables de difusión de la cadena. Mandell intenta poner de manifiesto la falta de libertad de expresión existente en la televisión (y en otros medios de comunicación) que para el público no es visible. El programa del que Wes está al cargo es de humor y ya se sabe: “cuando uno es incapaz de reírse de uno mismo, ha llegado el momento de que los demás se rían de él”. Ese se supone que es el propósito de los programas de humor: hacer reír a la gente mediante sketch de temática diversa y en los cuales, mediante la risa, se intenta poner el acento en un aspecto importante en el que sería necesario mejorar o cambiar. Si no somos capaces de dejar que otros hablen mal de nosotros con argumentos (sea con humor o sin él) no podremos mejorar. Esta claro que todo tiene un límite, ¿pero quién debe marcarlo? He aquí el quid de la cuestión.

Otro aspecto que me gustaría destacar de Studio 60 es la visión que da sobre las relaciones laborales existentes detrás de las cámaras. Sorkin consigue explicar con imágenes cómo se realiza un programa de televisión integrando todos los niveles de trabajo: desde los ayudantes, peluquería, maquillaje, attrezzistas, realización, guionistas, actores, directivos, productores… Esa es el verdadero escenario en el que se desarrolla la serie: el backestage, por eso no solemos ver el resultado del programa como lo verían los espectadores desde su casa, sino que vemos los movimientos que se producen en el plato durante la grabación, durante los ensayos, como se enfrentan a los últimos cambios, a la “masacre del viernes” (selección de los sketch que se van a emitir y su inclusión en la escaleta, cómo se compagina ésta labor con los decoradores y los iluminadores para que no haya ningún problema a la hora de emitir en directo el programa), como se emite en directo en una parte del país y en diferido en la otra, como animan y entretienen al público antes de comenzar el programa, etc.  Así vemos los niveles de jerarquía y las rutinas de trabajo que tiene cada uno de los departamentos. Sobre todo nos gustaría destacar lo imprevisible del directo y como todos han de trabajar como una piña para conseguir un buen resultado (caso del capítulo en el que se produce la noticia del secuestro y posterior asesinato de una madre y su hija a manos del marido y padre de las mismas).

En cuanto a las situaciones difíciles (pongamos por caso el episodio del  “arca de Noé” con la serpiente, el hurón y el coyote) en las que se encuentran los protagonistas, a pesar de ser demasiado rocambolescas, en algunas ocasiones creo que la realidad puede llegar a superar la ficción. Tal y como dice Tom Meter: “la televisión en directo es como hacer equilibrios sin red”. Estos capítulos ayudan a comprender mejor las relaciones entre los diferentes personajes. Sin ir más lejos, en el primer episodio se marcan las jerarquías y los niveles de poder de la cadena y el programa.

Frente a estos episodios complicados, se encuentran otros más entrañables, como el caso del hombre mayor que tiene alzheimer y que había trabajado en la cadena y en el programa (primero se hacía en la radio y después en la televisión) y les cuenta cómo se hacía el programa en sus inicio, cómo se trabajaba y cómo tenían que hacer frente a la censura y a las presiones del momento.

Centrándonos en materia, en relación a los contenidos del programa se ve claramente que siempre hay unos temas que se repiten: policía, religión, racismo, la guerra, los tabúes referidos a la moral americana –como en el caso del soldado que dijo “joder” durante una conexión en directo-, las drogas, el tabaco, la homofobia,  etc.

Entre los temas que más se repiten, cabe destacar la religión con la yuxtaposición entre Matt Albie y Harriet Hayes (judaísmo y cristianismo). Merece mención aquel en el que se prepara un quizz en el que los participantes son un ortodoxo, un islamista, un cristiano, Tom Cruise como representante de la Cienciología y una bruja (Harriet haciendo de Holly Hunter) y en el que se ponen de manifiesto algunos de los prejuicios de unas religiones hacia otras y algunas de las incoherencias de las mismas (como en el caso de la edad de la tierra o los años que vivió Abraham). En otro momento, montan un sketch como si fuese una reunión entre los guionistas y Jesucristo para preguntarle, entre otras cosas, si le parece bien que su nombre forme parte de la exclamación “¡Jesús!” y si le parece bien que utilicen su nombre en un sketch.

Hay otros episodios en los que de forma directa Harriet y Matt se enfrentan y en uno de ellos Sorkin pone en boca de Matt la siguiente frase:

“Una cosa es que te pidan que respetes la religión de otros y otra muy distinta es que respetes sus tabúes”.

He ahí la verdadera cuestión de fondo que nos leva de nuevo a la libertad de expresión y a la complejidad para poder esquivar los controles y las presiones del los grupos de poder. Aquí se plantea una pregunta: ¿debemos mirar por los intereses de la mayoría de la población, por las minorías o intentar entablar un equilibrio entre ambos? La respuesta, como ya era de esperar, no es fácil y el consenso no siempre reporta beneficios a las cadenas. Es por ello que el difícil equilibrio entre lo que unos y otros quieren es lo que lleva a incluir o eliminar contenidos, lamentablemente, siempre uno sale perdiendo, pero es el precio que hay que pagar para intentar contentar a una parte de la audiencia y que no decida cambiar de canal.

LUGARES COMUNES

“Los espectadores no son más tontos que los que hacen los programas”

Ttal y como apunta McDeere, pero en la serie no es exactamente así. Tal vez nuestra posición de ciudadanos no-americanos nos impida entender algunas de las referencias (no demasiadas) y ello haga que no lleguemos a comprender totalmente el porqué de algunos acontecimientos. Por ejemplo, nos sigue chocando que antes de empezar el programa todos los actores se cojan de la mano y recen. Como dijo, las referencias que van apareciendo en la serie, de primeras, la dotan de un nivel más elevado de calidad y presuponen la existencia de un espectador que está a la altura para comprenderlas. No obstante, puede darse el efecto contrario, el espectador puede sentirse un tanto inferior al no entender porqué se refieren a tal o cual personaje o porqué debería de tener gracia una determinada situación. De ahí que se pueda considerar que la serie es un tanto elitista y ello, en los tiempos que corren y como ella misma ha demostrado al poder emitirse sólo una temporada, no se lleva demasiado bien con la audiencia. Una verdadera lástima, porque era una magnifica serie.

Lo dicho, si no la pudiste ver en su momento en CANAL+, ya estás tardando en verla.

Por cierto, para los curiosos, el título de ésta entrada hace referencia a la frase de Groucho Marx que aparece debajo del reloj del despacho de Wes (posteriormente será el de Matt) en el que aparece el tiempo que queda hasta el próximo programa.

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Si en estos momentos tuviese puesto un sombrero, me lo quitaría por el magnífico guión de Aaron Sorkin. Sentía curiosidad por ver qué había hecho el creador de El Ala Oeste de la Casa Blanca con el guión de una película peculiar y diferente sobre la red social más conocida, Facebook. Maestro, ya que en los Globos de Oro la película se ha salido (mejor película, mejor director, mejor guión y mejor banda sonora), allá va la crítica.

Sinopsis (spoilers): La red social (The Social Network) cuenta cómo nació, envuelta en polémica, la red social Facebook. Fue el 11 de enero de 2004, cuando Mark Zuckerberg, un estudiante de Harvard, después de que lo deje su novia (Erica, interpretada por Rooney Mara) y de que colapse la red intenta del campus, decide montar un sitio Web que conecte a las “colegas” de la universidad. La idea no surge a la primera. Cuando su novia lo deja, guiado por el despecho, bloguea a la vez que crea una Web en la que se puede votar a la chicas de su campus. Es una manera de vengarse de su novia y del resto de féminas. Debido a la mala imagen que le crea la Web y gracias a la misma, contactará con unos estudiantes pertenecientes a una fraternidad que le proponen que desarrolle un sitio Web para conectarse con los de la hermandad y los del campus como signo de distinción y de exclusividad. Zuckerberg va más allá y en lugar de desarrollar la idea inicial que le proponen, el monta Facebook con la ayuda de sus amigos (uno pone el dinero, el otro le ayuda a programar y a vender la Web…). Aquí empiezan los problemas, las demandas, la fama y el éxito.

Crítica: David Fincher se rodea de un elenco de actores jóvenes y no excesivamente conocidos (Jesse Eisenberg, Andew Garfield, Justin Timberlake) para llevar a la gran pantalla un guión de Aaron Sorkin basado en el libro Millonarios por accidente, de Ben Mezrich. Todo ello bañado con una banda sonora potente a cargo de Trent Reznor y Atticus Ross. El resultado: impecable.

No se trata de una película de adolescentes universitarios que se la pasan de fiesta en fiesta, que en parte también –pero no al estilo convencional-, se trata de una película sobre el apabullante y rápido éxito de un sitio Web que llega por sorpresa y que conlleva problemas para su creador. El creador, Mark Zuckerberg (Jesse Eisenberg), es un tío inteligente, muy inteligente, pero con escasas capacidades de comunicación y socialización (o al menos, da esa imagen). Es un chico al que el éxito de Facebook le viene demasiado grande. Y es aquí, en medio del éxito y queriéndose aprovechar de la debilidad o falta de personalidad de Zuckerberg, intenta encauzarlo y llevarlo por dónde él quiere. Se trata del creador de Napster, otro joven que revolucionó la red y que en el film está interpretado por Justin Timberlake. Su interpretación sorprende gratamente. Sean Parker (Timberlake) llega a Facebook para aprovecharse del éxito de Zuckerberg. Intenta apartar a éste de sus (pocos) amigos. En definitiva, que intenta aprovecharse de la situación con el beneplácito del creador de Facebook que lo ve como un gurú a seguir con los ojos cerrados. El papel Eduardo Saverin, interpretado por Andrew Garfield, también es brillante: se trata del amigo que financia los servidores y demás de Facebook en sus inicios, además de ser el mejor amigo de Zuckerberg. Y, parafraseando el guión, es que el chico (el creador de Facebook) no es que sea gilipollas, pero se empeña en serlo.

Ya que hablamos del guión, Sorkin ha creado una historia verosímil, llena de diálogos inteligentes, rompedores y con mucha fuerza. La prepotencia de Timberlake, la indiferencia y racionalidad excesiva de  Eisenberg, lo emocional de Garfield… todo encaja, se ve como un conjunto coherente. Se nota la pluma magistral de Sorkin detrás de cada palabra, de cada silencio.

El aspecto técnico, está cuidado y el resultado es perfecto. Tanto la dirección, como la fotografía, vestuario (aquí no era demasiado difícil conseguir un buen resultado. Por cierto, me gustó el estilismo de Zuckerberg cuando sale de la facultad corriendo, en pleno invierno, con pantalón corto, chanclas y calcetines….) y la banda sonora. Todo ello ayuda a que veamos un mundo real, verosímil, creíble que concuerda con las expectativas que tenemos.

Valoración: No sé si se merecerá todos los premios que se está llevando (y los que se llevará) porque no he visto el resto de películas, pero la verdad es que la película está muy bien. La prepotencia de los protagonistas, la maestría del guión, la complejidad narrativa de trasladar el mundo de la red a la gran pantalla. La red social es entretenida, coherente, inteligente y su ritmo no decae en ningún momento. Una buena película.

 

Curiosidad: En la página web oficial de la película si pones el puntero sobre la imagen del jabalí se despliega una especie de menú en el que se lee un trocito de la sinopsis del film. Pues bien, hay un error: no es 2007, sino 2003 (aunque naciese en 2004) cuando se empieza a gestar Facebook. Si le das a la opción de leer más la información es la correcta.

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Como ya he comentado arriba, La Red Social se hizo con 4 premios. Se quedó fuera de varios grandes (aunque se llevó la mayoría), entre ellos los de mejor actor, cantadísimo para Collin Firth, y el de mejor actriz (tampoco fue ninguna sorpresa) para Natalie Portman. Una de las cosas buenas de la gala fue volver a ver, recuperado, a Michael Douglas, cuya aparición llegó a eclipsar el premio a toda una carrera que le dieron a Robert DeNiro. Una de las cosas malas, para más de uno, fueron las bromas del presentador. Pero no iba yo ha hablar de esto, sino que iba a referirme a la parte más frívola: el vestuario, la alfombra roja.

Para mí las mejores vestidas fueron: Olivia Wilde (iba de princesa, el vestido era increible y el estilismo sencillo que el vestido ya lo era todo -aunque los zapatos eran horribles-), Sandra Bullock (algunos dirán que el cambio de look no es apropiado y mil cosas, pero me gustaba tanto el nuevo peinado con el vestido) y Eva Longoria (pelo y vestido, perfectos).

Las peores vestidas fueron: Halle Berry (no se sabe si es un vestido extraño o que va en ropa interior…),  Helena Bonham-Carter (fiel a su extravagante estilo, fue de sí misma con un zapato de cada color, pero es que es rara de narices) y January Jones (¿trikini con flecos? Los padres fueron originales con el nombre: Enero…).

Otras mal vestidar fueron: Cristina Aguilera (está bien que vayas de Burlesque y que promociones y demás, pero…), Natalie Portman (¿quién le diría que se pusiese el floripondio entre las tetas?), Jennifer López (ese vestido blanco con gasilla….), Michele Williams (estampado de mercadillo -y no me malinterpreteis que lo digo porque con lo que le ha costado… podría ser mucho más bonito-), Julianne Moore (intento de quimono rosa) o Angelina Jolie (vestido color turquesa con hombreras… ¡qué repelús!).

Eso es todo por hoy.

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