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Archive for the ‘Cine’ Category


snowpiercer-repartoQue el hombre es un lobo para el hombre ya lo dijo Plauto hace más de dos mil años. Está claro que si la humanidad ha de desaparecer, nosotros haremos todo el trabajo sucio. Este es el punto de arranque de Rompenieves (Snowpiercer). Basada en la novela gráfica The Transperceineige (Jacques Lob, Benjamin Legrand y Jean-Marc Rochette), es la película más cara del cine surcoreano y la primera rodada en inglés por el realizador Bong Joon-Ho, quien nos sorprendió en 2006 con The Host.

Rompenieves (Snowpiercer) nos sitúa en un futuro post-apocalíptico cercano, en el que la nieve y el hielo cubren la tierra. Tras la glaciación provocada por el hombre, los supervivientes son condenados a vivir en un tren que da vueltas alrededor de la Tierra. Diecisiete años después, el status quo entre las dos clases sociales que conviven en el tren (los privilegiados que disfrutan de todo tipo de lujos y los oprimidos que malviven pasando penurias) está a punto de saltar por los aires. Un grupo de oprimidos se alzará contra el poder preestablecido con Curtir (Chris Evans) a la cabeza. Vagón a vagón, la revolución avanzarán hasta el mismo corazón del demiurgo, y descubrirán los entresijos del tenso y frágil equilibrio que les mantiene con vida.

“Rompenieves (Snowpiercer) es una superproducción al más puro estilo hollywoodiense con toques de cine de autor y un impactante despliegue visual

Rompenieves (Snowpiercer) podría ser una película más de ciencia ficción, con grandes dosis de acción y toques de existencialismo, pero Bong Joon-Ho consigue llevarla a otro nivel. En lugar de quedarse en una cinta cercana a Matrix (Hermanos Wachowski), por aquello de que el elegido guía a la humanidad hacia la salvación, la lucha por la supervivencia en situaciones extremas acerca Rompenieves (Snowpiercer) a las propuestas de escritor Cormac McCarthy en The Road.

Snowpiercer_Rompenieves_Tilda Swinton

La linealidad narrativa de Rompenieves (Snowpiercer) dota a la cinta de agilidad. Es todo un acierto que Bong Jooh-Ho huya del flashback y sean los propios personajes los que, pincelada a pincelada, nos cuenten los acontecimientos que se han sucedido desde la llega al tren. La estructura del propio convoy y el avance vagón a vagón permiten que la historia fluya sin problemas.

En el apartado interpretativo, destaca la portentosa actuación de Tilda Swinton en el papel de la cruel supervisora del tren. Chris Evans aparca al Capitán América para realizar una más que correcta actuación que consigue lo más importante, que el espectador esté de su lado desde el minuto uno. En otro nivel se encuentran las apariciones de John Hurt y Ed Harris. Menos aprovechados están los actores asiáticos, sobre todo uno de los actores fetiches del director, Song Kang-Ho.

Snowpiercer_Rompenieves

Rompenieves (Snowpiercer) peca de quedarse en la superficie, de no ahondar en los temas que expone, como si Bong Joon-Ho tuviese miedo de realizar una verdadera y valiente crítica de la sociedad de clases, la lucha de poderes y el status quo. Con más de dos horas de metraja, la falta de tiempo no es una excusa válida.

La intensidad de la película recorre un camino ascendente, de menos a más, aunque al final Bong Joon-Ho se pone paternalista y la cinta pierde fuelle. No obstante, visualmente es una película impresionante que consigue cautivar y enganchar a los espectadores desde el principio. Estamos ante una superproducción al más puro estilo hollywoodiense con toques de cine de autor. Rompenieves (Snowpiercer) cautiva y entretiene a partes iguales. El problema viene después, cuando nos damos cuenta que demasiadas preguntas quedan sin respuesta.

 

Publicada en CineCrítico.es (09/05/2014).

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El cómico británico Richard Ayoade debuta en la dirección con Submarine (2010), adaptación de la novela homónima de Joe Dunthorne quien también ha colaborado en el guión. Sorprende encontrar en la producción a Ben Stiller, sobre todo porque Submarine se aleja mucho del tipo de películas en las que estamos acostumbrados a verlo.

En la cinta se relatan las peripecias vitales de Oliver Tate (Craig Roberts), un adolescente galés que lee el diccionario por diversión, fuma en pipa, escucha canciones francesas y se enamora de Jordana Baven (Yasmine Paige), una chica con tendencias pirómanas. Oliver vive con sus padres, un cientítico marino propenso a la depresión (Noah Taylor) y una madre neurótica (Sally Hawkins), cuyo divorcio parece inminente. La atracción y el interés que suscitan el amor, la muerte y el sexo, centran la narración.

Igual que Gregor Samsa, el protagonista de La metamorfosis de Kafka, se despertó un día convertido en un insecto, todo adolescente se despierta un día convertido en un “bicho raro”: a medio camino entre la ingenuidad infantil, la efervescencia hormonal de la adolescencia y la supuesta sensatez de la madurez. En medio de ésta encrucijada conocemos a Oliver que se encarga de mostrarnos el complejo universo en el que vive mediante la narración en primera persona.

La fuerza interpretativa recae casi exclusivamente en los dos actores protagonistas: una pareja de jóvenes inadaptados, con problemas familiares, que mantienen una relación plagada de altibajos. Oliver trata de librarse del sambenito de chico frágil e impopular del instituto, a la vez que intenta convertirse en el mejor novio del mundo y salvar el matrimonio de sus padres. Mientras que Jordana se nos muestra como una chica enimágtica, controladora y conocedora de su poder sobre Oliver, que trata de evadirse de los problemas familiares (su madre está enferma de cáncer) y vengarse de su ex-novio. Craig Roberts y Yasmine Paige realizan una brillante intrepretación alrededor de la cual, Ayoade dibuja un universo de marcados rasgos “indies” en el que se combinan adolescentes ataviados con uniformes de colegio grises y apagados, lunáticos post-hippies (como el personaje interpretado por Paddy Considine, director de Redención-Tyrannosaur, 2011), recuerdos grabados con cámaras Super8 o capturados en polaroids, y música grabada en casetes.

Las reminiscencias cinematográficas y literarias se suceden. El guardián entre el centeno de J.D. Salinger (1951) y Los 400 golpes de François Truffaut (1959) son los más evidentes. Las comparaciones con el clásico de la Nouvelle Vague comienzan en el argumento e inundan toda la cina desde el principio, cuando Oliver Tate mira a cámara directamente. Al igual que François Truffaut perfiló con maestría la problemática del paso a la vida adulta de Antoine Doinel (Jean-Pierre Léaud), Ayoade hace lo propio con el protagonista de Submarine, aunque ésta vez el punto de vista sea más cotidiano, menos opresivo y trascendental, pero no por ello menos interesante.

El relato conserva la estructura de la novela y aparece dividido en prólogo, tres partes y epílogo. Esta peculiaridad marca el ritmo de una cinta en la que la estereotipación y caricaturización de los personajes, al igual que ocurre con el marcado uso del color y los constantes juegos de cámara (ralentización de la imagen, uso y abuso de planos fijos,  congelación de encuadres…), se convierten en puntos clave para crear una atmósfera cargado de nostalgia y toques ochenteros. Técnicas que conjugan a la perfección con el marcado acento británico de la cinta y convierten al espectador en cómplice del relato. Ejemplos de ello son la escena inicial (mirada directa a cámara del protagonista) y la escena final: un déjà-vu del sueño que noche tras noche persigue a Oliver.

La banda sonora de Andrew Hewitt alcanza su punto álgido con las composiciones musicales escritas e interpretadas por Alex Turner, líder de la banda de rock británica Arctic Monkeys. El realizador británico ya había trabajado con el grupo en un documental sobre la banda y en varios de sus videoclips (entre ellos, Cornerstone). La lánguida e inconfundible voz de Turner y sus ácidas y cuidadas letras se convierte en un elemento narrativo más, en completa simbiosis con la cinta.

Una película alejada de los cánones del cine adolescente americano, que mejora el punto de vista sensiblero y cursi que planteaba Restless (Gus van Sant, 2011), sin caer en el baboseo constante de The French Kisser (Riad Sattouf,2009). Un relato elegante con el que Richard Ayoade ha cosechado el éxito de público y crítica.

PD: el parecido entre Oliver Tate, el personaje que interpreta Craig Roberts, y Alex Turner es más que razonable (¡si no lo digo reviento!).

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Es ley de vida. Los jóvenes llegan pisando fuerte y acaban relegando a los mayores a un segundo plano. El mundo del cine no es alieno a este hecho, pero las actrices y actores ‘maduros’ también tiene su hueco en el séptimo arte. La hija del realizador franco-griego Costa-Gavras (Z, 1969), Julie Gavras (La culpa la tiene Fidel, 2006) lo demuestra en su segundo largometraje uniendo a dos grandes de la interpretación, Isabella Rossellini (Terciopelo Azul, David Lynch, 1986) y William Hurt (Dark city, Alex Proyas, 1998), en Tres veces 20 años (Late Bloomers, 2012). Una comedia ligera y en ocasiones demasiado simétrica que, a pesar de las buenas intenciones,  está plagada de lugares comunes que deslucen el resultado final.

Mary (Isabella Rossellini) y Adam (William Hurt) no son la típica pareja joven que atraviesa dificultades. Han superado juntos la crisis de los 30, los 40, los 50, y ahora, a punto de cumplir los 60, ambos se enfrentan a una nueva crisis existencial de forma diferente. Él quiere sentirse útil en su trabajo y buscar nuevos horizontes en su vida profesional, se siente joven y decide cambiar su forma de vestir para que los demás también lo piensen. Ella, por el contrario, acepta las arrugas que se dibujan en su rostro y trata de no convertirse en un ser invisible a los ojos de los demás manteniendo su entusiasmo y vitalidad. Dos formas distintas de entender la misma realidad que acabarán por colisionar y llevar a la pareja al borde de la separación.

“La cinta funciona en lo cómico y flojea en los momentos dramáticos. El resultado final no acaba de convencer”

La experiencia frente a la inmadurez de la adolescencia, la cercanía de la muerte frente a la obsesión por la juventud, la visión de uno mismo frente a la que el resto tiene de nosotros. Estos son algunos de los temas que Julie Gavras hilvana plano a plano entre la sutil ironía y la tragedia. Sin embargo, el resultado final no acaba de convencer. La cinta funciona en lo cómico y flojea en los momentos dramáticos. Los gags que se van sucediendo como puntadas a lo largo de la película dibujan una sonrisa, e incluso alguna que otra carcajada, en el espectador,  pero los momentos en los que la tensión debería ser protagonista, el sopor puede llegar a aparecer.

Tampoco ayuda a diluir la sensación de pesadez, la simetría de la historia cuando ambos personajes deciden vivir sus vidas por separado. Ni mucho menos el montaje plano contra plano y sin ningún ardid visual que, por su sencillez, acaba por cansar.

En definitiva, una película sin ninguna malicia, que viene a poner de manifiesto que hay vida después de los 60 y que existen temas, como la vejez, a los que el cine todavía no ha dado la importancia que merecen. Una película que, a pesar de no ser redonda, no defraudará al espectador que se acerque a verla sin más pretensión que la de entretenerse.

Crítica publicada en el portal CineCrítico.es el 13/04/2012.

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Almanya, welcome to Germany (Yasmin Sandereli, 2012) tells the story o the 1,000,001 “gastarbeiter” (guest worker) Hüseyin Yilmaz, the patriarch of a Turkish family who decided, in 1965, to go to Germany in order to work and achieve a better future for him and his family. Forty years later, they resolve to come back to their roots. It is a choir film about immigration, identity and integration with touches of humor that is told according to the point of view of the youngest of the family, Cenk.

Two anecdotes are used to introduce the story of Hüseyin and his family. One of them is about Hüseyin and his arrival in Germany. And the other is about Cenk: one day when he is at school, the teacher is trying to locate in a map the different origins of each child and the map is not big enough to show the Turkish region of Cenk family. It makes Cenk think about his origin. Cenk’s doubts and Hüseyin wishes of returning to Turkey connect with the secret of Canan, Hÿseyin’s oldest granddaughter, that is pregnant. The trip to Turkey becomes the perfect excuse to tell Cenk the family story and also to relive the fears and dreams the grandparents had when they first travelled to Germany.

Apart from the issue of immigration, the film shows the prejudices and fears we have when we confront the unknown, in this case living in another country with other religion and habits. The main characters (Hüseyin and Fatma’s couple -performed by different actors depending on the age they were-), Cenk and Canan, are magnificently performed by Turkish actors whose performances make the story realistic. The lack of visual tricks helps you focus and enjoy the jokes and Turkish landscapes that appear on the screen.

All in all, a superb film with great touches of tenderness. It is suitable for Eastern Europe film lovers and for those who want to discover another kind of cinema far from the American one. I highly recommend it!

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Redención – Tyrannosaur (Paddy Considine, 2012) es una película de larga digestión. El espectador sale del cine con la sensación de que no ha sido capaz de asimilar toda la brutalidad y la tensión que esconde cada una de sus escenas.

Una crudeza que está presente desde la primera escena en la que nos sumergimos sin anestesia en un mundo de ira, sufrimiento y autodestrucción. El personaje interpretado por Peter Mullan (War Horse, Steven Spielberg, 2011), Joseph, se nos describe a través de sus actos al inicio de la cinta de forma impactante. Un aperitivo que nos sobrecoge y nos lleva a pensar en la imposibilidad de sentir un ápice de afecto hacia tal personaje.

Y ese es el verdadero juego al que nos somete Paddy Considine: pasar por las sensaciones del verdugo y su víctima, incluso cuando no somos conscientes de hasta qué punto cada personaje representa uno de los lados de la balanza.

“Paddy Considine consigue apelar a los sentimientos del público sin necesidad de recurrir a la violencia explícita. Todo un ejercicio de pericia que dota a la película de mayor fuerza”

Estamos ante un menú en el que se combina la rabia contenida, el dolor, la fe y la búsqueda de redención. Una destrucción y fragilidad que el actor, director y guionista británico ha plasmado en dos vertientes: la autodestrucción y la degradación humana.

Conmovedora, violenta, cruda. Los adjetivos se quedan cortos para describir la intensidad de Redención – Tyrannosaur. En ella encontramos secuencias en las que lo que acontece fuera de plano es tan duro que el espectador se siente incómodo en su butaca y busca intervenir para evitar tales atrocidades. El director inglés consigue apelar a los sentimientos del público sin necesidad de recurrir a la violencia explícita. Todo un ejercicio de pericia que dota a la película de mayor fuerza.

La cinta no tendría la carga emotiva que tiene de no contar con un trío protagonista como el formado por Peter Mullan, Olivia Colman (La dama de hierro, Phyllida Lloyd, 2011) y Eddie Marsan (Sherlock Holmes: juego de sombras, Guy Ritchie, 2011). Sin duda, Olivia Colman (Hannah en la cinta) es el eje central de la historia al encontrarse entre el arisco y destructivo Joseph (Peter Mullan) y el devastador James (Eddie Marsan).

Paddy Considine utiliza, como base argumental, el corto Dog Altogether (2007), con el que cosechó diversos premios. También vuelve a contar con dos de los intérpretes del corto: Peter Mullan y Olivia Colman. Pero que nadie piense que Redención – Tyrannosaur es la conversión de un cortometraje en un largometraje. Nada más lejos de la realidad.

  • Mientras que el Dog Altogether se centra principalmente en el personaje Joseph, un viudo, alcohólico y violento al que daba vida Peter Mullan, Redención – Tyrannosaur muestra una mayor complejidad argumental al introducir dos nuevos personajes centrales:
  • Hannah (Olivia Colman), cuyo personaje ya aparecía como secundario en el cortometraje y que ahora crece en importancia. Hannah es una mujer religiosa que trabaja en una tienda de caridad. Frágil y vulnerable, tras su supuesta vida feliz se esconden secretos que convierten su vida en una pesadilla.
  • James (Eddie Marsan), el celoso e hipócrita marido de Hannah. Un papel secundario en apariencia, pero cuya importancia es vital para entender el devenir de los acontecimientos.

Redención –Tyrannosaur se configura así como un nuevo punto de vista, una mirada diferente a historia cuyos personajes buscan, a su manera, la salvación.

Un elemento que planea sobre todo el metraje es la fe y la religión. No es el tema central, pero su importancia es vital para entender hasta qué punto se vuelven importantes los intentos de los protagonistas por desligarse del dolor, los vejámenes y las penurias que inundan sus vidas. Un consuelo que encuentran al cruzarse sus vidas de forma inesperada y les lleva a replantearse su situación.

El espectador que se acerca a ver Redención – Tyrannosaur ha de hacerlo con la convicción de que al aparecer los títulos de crédito todavía no habrá sido capaz de asimilar la complejidad y los matices de una ópera prima ante la que no cabe la indiferencia. Una obra difícil de asimilar, pero tan interesante que anida en nuestra mente y nos atormenta tras su visionado.

Crítica publicada en el portal CineCrítico.es el 15/03/2012

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Arrugas (Ignacio Ferreras, 2012) es una película inusual. Primero, porque al igual que De profundis (Miguelanxo Prado, 2007) y Chico&Rita (Fernando Trueba, Javier Mariscal, Tono Errando, 2010), es una de las pocas películas españolas de animación en 2D destinada al público adulto.  Segundo, porque es la adaptación del cómic homónimo de Paco Roca, ganador del Premio Nacional de Cómic 2008. Y, tercero, porque en ella los “superhéroes” son un grupo de entrañables ancianos que viven en un geriátrico.

El estilo sencillo, característico de la animación tradicional en la que predominan los trazos limpios y el color sin estridencias, sirve de marco para una historia llena de crudeza y emotividad sobre la soledad, el aislamiento, la amistad, la dignidad, la vejez, el Alzheimer y la demencia senil. Una película que hace aflorar al anciano que algún día llegaremos a ser. El mensaje –a modo de dedicatoria- que cierra la película no deja lugar a dudas, la cinta apela directamente “a los ancianos de hoy, a los ancianos de mañana”.  Pero, a pesar de lo trascendental que puede parecer su temática, el humor, la ternura y la imaginación están presentes a lo largo de todo el largometraje. El secreto para que una historia de tal calado, que se atreve a poner nuestras emociones a flor de piel y a mostrarnos los reveses de la vida sin edulcorantes, se convierta en una obra maestra radica en la humildad de la narración, tanto en el cómic como en la película.

Arrugas cuenta la historia de Emilio, antaño director de una pequeña sucursal bancaria de barrio. Su hijo lo lleva a regañadientes a una residencia de ancianos. Su compañero de habitación es Miguel (aquí, a diferencia del cómic, con acento argentino), un viejo pillo que se toma la vejez con sentido del humor. Junto a ellos, un elenco de personajes entrañables que va desde un locutor de radio que repite hasta la saciedad lo que los demás dicen, hasta una anciana que teme ser abducida por los extraterrestres, pasando por una anciana que cree viajar en el Orient Express. Todos ellos conviven en la residencia bajo la atenta mirada del personal médico y el temor de ser trasladado a la “planta de los desahuciados”.

“Un relato respetuoso, maduro y sincero que ahora Ignacio Ferreas y su equipo han trasladado a la gran pantalla viñeta a viñeta”

La vejez como punto de partida del final de nuestra existencia y el Alzheimer como vehículo para mostrar lo frágiles y vulnerables que nos volvemos en la última etapa de nuestras vida. En éste contexto, Arrugas sigue la estela de películas como La caja de Pandora (Yesim Ustaoglu, 2008), ¿Y tú quién eres? (Antonio Mercero, 2007), Iris (Richard Eyre, 2001), El hijo de la novia (Juan José Campanella, 2000), ¿Te acuerdas del amor? (Jeff Bleckner, 1985) o Dejad paso al mañana (Leo McCarey, 1937).

Jorge Luis Borges asimiló los recuerdos a un “montón de espejos rotos” a partir de los cuales tratamos de reconstruir nuestras vivencias. Un ejercicio de autoevaluación y reafirmación de la propia identidad que las personas que sufren de Alzheimer no pueden realidad. “El largo adiós”, apelativo con el que uno de los personajes se refiere a la dolencia en la película, nos muestra lo vulnerables que son los pacientes que la padecen y el vínculo de dependencia que se crea con sus parientes. El tacto con el que se trata el día a día de la enfermedad y sencillez con la que se nos muestra la dedicación de los familiares hacia los pacientes, convierten a Arrugas en una película de visionado imprescindible.

Paco Roca fue capaz de plasmar en un cómic la realidad de la vejez y el Alzheimer, convirtiendo su creación en una obra atemporal, universal. Lo hizo creando una historia dura pero realista, llena de ternura sin caer en sentimentalismos. Un relato respetuoso, maduro y sincero que ahora  Ignacio Ferreras y su equipo han trasladado a la gran pantalla –casi- viñeta a viñeta.

Crítica publicada en el portal CineCrítico.es el 05/02/2012

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Con más de un año de retraso se estrena en España, Si quiero silbar, silbo, del director rumano Florin Serban (2010). No es baladí subrayar el lapso de tiempo transcurrido desde el estreno de la película en la Berlinale de 2010 –en la que consiguió alzarse con el Gran Premio del Jurado- hasta el estreno de la cinta en las salas españolas. Si estuviésemos hablando de una película americana o, por extensión, rodada en cualquier país anglófono, nos resultaría extraña la tardanza. Sin embargo, es algo que sucede habitualmente con películas europeas y latinoamericanas. Y la razón no tiene nada que ver con la calidad de las cintas.

La disminución de la oferta de cine europeo en la mayoría de las salas de nuestro país tiene dos orígenes. El primero, el chovinismo que predomina en la industria cinematográfica de los países europeos. El segundo, la política de las salas de cine de estrenar las películas de procedencia europea estrictamente necesarias para cumplir con la cuota marcada por ley.

Al final, el único perjudicado es el espectador que asiste desamparado al retraso de los estrenos e incluso se queda sin la posibilidad de ver la película en pantalla grande. En el caso de Si quiero silbar, silbo, hemos tenido algo de suerte.

Si quiero silbar, silbo narra la historia de Silviu (George Pistereanu), un joven al que le quedan pocos días para salir del centro de menores en el que lleva cuatro años internado. Los últimos días de reclusión transcurren con normalidad hasta que recibe la visita de su hermano pequeño (Marian Bratu). Éste le comunica que su madre (Clara Voda) ha regresado y quiere llevarlo con ella a Italia. Silviu intentará impedirlo por todos los medios, aunque para ello tenga que poner en peligro la vida de una trabajadora social en prácticas (Ada Condeescu).

Sin aditivos. Siguiendo una de las reglas esenciales del cine enunciada por François Truffaut: “todo lo que se dice en lugar de ser mostrado se pierde para el público”. Con apenas unas líneas de guión, cámara en mano y rehuyendo del uso de música para ambientar las escenas, Florin Serban retrata con claridad la rabia contenida y el anhelo de libertad del protagonista. Es por ello que la destreza del director rumano se plasma en las escenas que transcurren al aire libre y lejos de las verjas del reformatorio, a las que consigue imprimir una fuerte sensación de opresión. La tensión es patente a lo largo de la película, aunque la acción es escasa. Un ambiente recreado con fidelidad gracias a la elección de actores, en su mayoría, no profesionales. Tal vez por ello, ninguna interpretación sobresale del resto, aunque en conjunto forman un todo coherente y realista.

“La destreza del director rumano se plasma en las escenas que trascurren al aire libre y lejos de las verjas del reformatorio, a las que consigue imprimir una fuerte sensación de opresión”

La tensión es patente a lo largo de la película, aunque la acción es escasa. Un ambiente, el de un centro de menores rumano, recreado con fidelidad gracias a la elección de actores no profesionales. Ello no ha impedido configurar un plantel de actores cuyas interpretaciones, todas igual de niveladas, forman un todo coherente y realista.

Uno de los elementos que aportan fuerza y vitalidad a la película es la mirada del protagonista. Serban retrata sus ojos de frente, sin bajar la cámara ni situarla en posiciones poco naturales. En algunos momentos de la narración, los ojos de Silviu recuerdan los de Antoine Doinel en Los cuatrocientos golpes (François Truffaut, 1959). Una mirada desubicada, por momentos titubeante pero con tintes de determinación, que busca respuestas cuyo fundamento se sitúa más allá de la soledad y el desamparo en el que vive.

Silviu representa a los denominados “niños fresa”, jóvenes rumanos que crecieron solos cuando sus padres los abandonaron para irse a trabajar recolectando fruta a Italia o España. Así, estamos ante una película de marcado carácter de denuncia social. El propio título de la cinta expresa el canto a la libertad que es, en realidad,  Si quiero silbar, silbo. Una llamada a luchar contra la injusticia. Un clamor, con tintes de rebeldía, que plasma la batalla del protagonista por impedir que su historia se repita en la piel de su hermano.

Si quiero silbar, silbo no hace más que confirmar el buen momento que vive el cine rumano. Un país emergente cinematográficamente hablando, que lleva una década aportando películas de calidad a través del trabajo de jóvenes directores como Cristian Mungiu (4 meses, 3 semanas y 2 días; Historias de la Edad de Oro), Corneliu Proumboiu (12:08 al este de Bucarest), Cristian Nemescu (California Dreamin), Radu Jude (La chica más feliz del mundo) o el propio Florin Serban. Los trabajos de todos ellos poseen un rasgo común: muestran la realidad social de su país, marcada por la herencia histórica que ha modulado el carácter del pueblo rumano, desde diferentes perspectivas.

Es una lástima que películas como las citadas continúen teniendo una distribución y exhibición tan limitada y minoritas en nuestro país.

Crítica publicada en el portal CineCrítico.es el 11/01/2012

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