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Archive for 30 marzo 2011

A la romana


Existe todo un ecosistema de productos envasados sin etiqueta conviviendo pacíficamente en el congelador con los cubitos de hielo y el pan congelado. El otro día, pensando que había dejado descongelando en la nevera un par de pescadillas, me encontré con la grata sorpresa (porque no sabía ni que estaban allí) de que en lugar de los susodichos pescaditos había dos mini calamares esperándome.  No sé de dónde viene la expresión “a la romana”, pero en ese momento se cruzó por mi cabeza la idea de cenar como un buen patricio romano. Supongo que Roma y los “calamares a la romana” no tendrán ningún vínculo, pero era una relación de ideas tan inmediata que no me pude resistir a hacerla.

Me puse manos a la obra.  Limpié los téutidos (calamares en cristiano, es que cefalópodo siempre me ha sonado mal), los corté en rodajas y los rebocé en harina. Sin más. De ahí a la sartén donde el aceite esperaba impaciente las rodajitas y tentáculos de calamar.

Puestos a cocinar, no iba a dejar a los calamares sin guarnición. Preparé una pequeña ensalada con lechuga, tomate y queso. El queso dejaba mucho que desear porque era en lonchas, pero no está la economía como para ir comprando curado de calidad todas las semanas. Eso sí, el aceite del bueno: virgen extra de mis olivos.

Calamares a la romana con ensalada de queso

El resultado… juzgar vosotros (yo ya disfruté en su momento).

No es un plato elaborado, ni mucho menos nuevo, pero nadie se resiste a unos buenos calamares “a la romana”.

Una curiosidad sobre la expresión “a la romana”:  existe “pagar a la romana” que mira tu por dónde es lo mismo que “pagar a la americana”, es decir, cada uno su parte.  Aquí si que la relación entre romanos y americanos se me escapa…

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Viernes tranquilo… Nada hacía presagiar que iba a pasar la media hora más “veloz” del año. Por suerte o por desgracia, me había metido entre pecho y espalda un bocadillo de jamón serrano y queso, aderezado con unas rodajas de tomaste, para comer. De postre, yogur.

Con la maleta preparada, duchada y con el pelo bien liso (esto parece baladí, pero todo tiene su porqué), salí del piso con destino a la estación de metro más cercana, situada justo en la calle paralela. Llegué allí con media hora de margen, más que suficiente para llegar a la estación de tren y tener que estar por allí dando vueltas unos veinte minutos. Habría sido así de no ser porque mientras me sumergía en la boca de metro comencé a oír un pitido y vi que las luces estaban apagadas. El chico de la taquilla se acercó a los que bajábamos y nos informó de que no había luz (eso era evidente) y que no paraban metros hasta que no se restableciese la electricidad. Nos aconsejó que intentemos ir a una de las dos paradas más cercanas y probásemos suerte allí. Adiós a la tranquilidad. “¿Cómo voy a ver si funciona alguna de las otras paradas con la mochila y el macuto a cuestas?”, ese fue el primer pensamiento que cruzó mi cabeza. Después, tras echar una mirada rápida al reloj y comprobar que tenía media hora para llegar a la estación y que ya no me parecía un margen tan grande, hice un repaso mental a varias cuestiones:

1) ¿Llevo dinero? No, creo que llevo 50 céntimos, tirando por lo alto. Por tanto, no puedo coger el autobús porque, para más inri, no llevo viajes en el bonobús. [Cuando llegué a casa comprobé que la cantidad no llegaba, siquiera, a 50 céntimos, en realidad llevaba 7 céntimos en la cartera… Si me hubiesen preguntado a mí para hacer el primer  Estudio sobre Medios de Pago, la media de 50€ habría bajado a -como poco- 20€]

2)¿Llevo tarjeta? Sí, pero no sé cuanto dinero hay. Sé que el taxi me costaría 6€, precio que, en proporción, es más caro que el propio billete de tren (9€) si tengo en cuenta la distancia entre un viaje y otro… Además, tendría que buscar un taxi que acepte tarjeta (parece que todos, hasta que topas con el que no).

3)¿Me da tiempo a ir andando? Mmm… creo que sí. Si tomo como referencia el tiempo que tardo en bajar al centro para ir de compras (unos 20 minutos), puede que me dé tiempo, aunque vaya cargada y eso sea un freno.

Justo cuando terminé de realizar éstas comprobaciones, un chico cargado con una mochila enorme llamó por teléfono a su padre para comentarle la situación y decirle que no estaba seguro de poder llegar al tren, que iba a ir a la estación a pie y que si no llegaba cogería el siguiente tren. Dicho y hecho. El chico se puso en marcha a toda velocidad y yo no fui menos: “si él va, yo también”.

Rauda y veloz empecé mi carrera contrarreloj esquivando a todo el que se ponía por delante, tuviese ruedas, piernas o patas, e incluso a una mujer que me preguntó por una dirección y a la que contesté sin detenerme: ¿no ve que llevo prisa, señora?. Mi previsión era que si cruzaba el puente con quince minutos de margen, llegaba a la estación a tiempo.  Con algo que yo no contaba era que el puente…¡tiene pendiente! Sí, es poca y cuando vas paseando prácticamente no se nota, pero cargada, con prisa y casi corriendo, es horrible. Una vez superé el obstáculo del puente, me quedaba la gran rotonda (por llamarla de alguna manera, porque en realidad no lo es). Allí los semáforos me jugaron una mala pasada. El chico de la mochila seguía su camino unos pasos por delante de mí. Él consiguió cruzar a tiempo, yo no. Mientras esperaba a que el semáforo cambiase de color, me quité el pañuelo del cuello y respiré un poco. Me estaba achicharrando con la chaqueta, pero para quitármela tenía que soltar el macuto y quitarme la mochila: demasiado tiempo perdido si el semáforo cambiaba de color.

¡Verde! Sólo tenía diez minutos para llegar a la estación, y todavía debía cruzar entera una de las calles más transitadas de Valencia, la Calle Colón. Tiendas y gente, más tiendas y más gente, más tiendas y gente que no se quiere dar cuenta de que vas cargada y no te puedes apartar, sino que o se quita o le das con la maleta…

Estoy cerca de la Plaza de Toros cuando veo un cartel de Nike en una tienda. Un cartel de recochineo hacia mí y mi situación desesperada: “corriendo llegarás dónde quieras” o “correr sin límites” (me suena más el primero, pero ya no estoy segura de lo que ponía en el cartel).  Mis piernas no dan más de sí, pero solo quedan unos metros para conseguir mi objetivo: llegar al tren.

Llegar, llegué, sudando mares. Esperé (y respiré) en la cola mientras que el revisor comprobaba mi billete y me daba  instrucciones sobre el vagón en el que se encontraba mi asiento (en el billete lo pone, pero te lo dicen igualmente). El hombre me dice: “Coche 2, de los primeros”. Mi duda aquí siempre es la misma: ¿de los primeros quiere decir que está al principio del andén o que está al principio del tren y, por tanto, el más alejado de la entrada al andén? No lo he preguntado nunca porque los vagones llevan letreros de bombillitas en las que se indica su número. Lo dicho, no era relevante preguntarlo. Hasta ayer. Resulta que “debido a un problema informático”, según me dijo el revisor que estaba dentro del tren, los vagones estaban mal numerados. Había dos vagones número 2 y uno de ellos era, en realidad, el número 5. ¡Qué casualidad!

Si a la aglomeración típica que se genera para subir al tren y acomodarte en el asiento, le sumas que muchos no teníamos ni idea de dónde estaba nuestro vagón. ¡Se montó una…! Pero eso no es todo (no podía serlo). Resulta que el tren son en realidad dos trenes de 3 vagones cada uno unidos por las máquinas. y llega un momento en el que no puedes pasar de vagón a vagón sin bajar del tren. Vamos, que te toca bajar del vagón, correr hacia el otro tren y subir. Todo ello con el correspondiente peligro de quedarte en tierra porque era casi la hora de salida. Una carrera más que menos tampoco importaba, así que me lance de nuevo al andén y conseguí subir al que se suponía que ya era mi vagón (que sí lo era). Justo cuando dejaba el macuto y la mochila, el tren se puso en marcha.

Sudando a mares, con la cara roja, abanicándome con la agenda y bebiendo agua (que menos mal que cogí una botellita que si no…), por fin pude decir que lo había conseguido. Cogí el móvil para enviar un mensaje contando (en modo resumen) lo que me había pasado y me vino una duda a la cabeza: ¿para eso me había duchado y planchado el pelo con esmero por la mañana? ¡Qué pena!

P.D.:  Esto fue el viernes, pero el miércoles, cuando llovió e hizo tanto viento en Valencia, acabé empapada a más no poder. Sí, llevaba paraguas, mi paraguas resistente, el que más me había durado (¡3 años!), pero el viento era demasiado fuerte y a dos calles de llegar a mi destino se rompió del todo. Tal era la pinta que llevaba que al llegar a la Facultad y estar esperando al ascensor (tenía clase en el quinto piso), había una mujer que me preguntó si iba así porque no llevaba paraguas… Lo de la lluvia también vino acompañado: tenía dos clases, pero una no la tuve porque la profesora no estaba y fue incapaz de enviar un correo electrónico para avisar. Vamos que hice el viaje y me empapé para hora y media de clase. Menos mal que después me llevaron al piso en coche.

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Estaba contenta y enciendí el ordenador para acompañar el momento con una canción animada. Hice un repaso mental y tras varios descartes llegué a la conclusión de que me merecía Shiny Happy People de R.E.M. Puestos a elegir, busqué el vídeo en youtube para jartarme de las pintas de Michael Stipe con la gorra al estilo “El Príncie de Bel-Air”, Kate Pierson vestida como en “Salvados por la campana” y la uniceja de Bill Berry. Ya sé que las pintas eran de la época, pero lo de Berry no tiene perdón. ¿A dónde voy a parar? Paciencia, ésta es sólo una parte del asunto.

El día de antes, mientras desayunaba un tazón de leche con galletas María, casualidades de la vida, emitieron por televisión el anuncio de las susodichas galletas y todavía me duraba en la cabeza el eslogan: “¡Qué buenas son las María Fontaneda!”. ¿Todavía nada? Atentos que voy.

¿Qué ocurre si unes Shiny Happy People con el eslogan de las galletas? ¡Qué cuadra! Sí. Para muestra un botón:

Y mientras, el pobre vijecito pedaleando al son de los monos que tocan palmas…

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La semana pasada asistimos a una lección de periodismo de Ana Pastor, pero también a una lección de protagonismo innecesario de la presentadora, todo hay que decir, no demasiado excesivo. Tras su brillante entrevista a Mahmud Ahmadineyad en Los Desayunos de TVE1 y su vuelta de Irán, Ana Pastor realizó una serie de entrevistas y visitas a medios de comunicación que, desde mi punto de vista, eran totalmente prescindibles. Cito (en realidad copio, pero queda menos fino dicho así) literalmente unas frases que publicó ayer Erik en su blog: “Un poco excesivo para un trabajo que debería ser el normal de nuestro periodismo. Lo que pasa es que estamos tan acostumbrados a Milás, Mercedes que se creen Lorenzos, que cualquier cambios nos atrae… ¡Ehh ha hecho una pregunta incomoda!”. No llegaré a decir que ha hecho lo mismo que los concursantes de Gran Hermano cuando se pasean de plató en plató contando las miserias que ya han quedado expuestas ante los ojos del mundo sin ningún barniz de vergüenza, pero si me parece excesivo. Visitó Buenafuente, El mundo, donde tuvo un encuentro digital con los lectores, además de entrar en directo desde Irán en el programa Asuntos Propios de RNE el mismo día de la entrevista.

Es innecesario, pero también necesario. Innecesario porque un periodista hace su trabajo preguntando y no siempre las preguntas son cómodas y porque si en lugar de una periodista (aunque aquí no importa el sexo) estuviésemos hablando de un fontanero que realiza su trabajo a la perfección día tras día, no recibiría la atención de nadie; y necesario para hacernos ver que el trabajo bien hecho (léase periodismo de calidad y también cualquier otra profesión) tiene seguidores. No, no hablo de lo mal que está la televisión, de la precariedad laboral, ni de la mala prensa que tiene el periodismo. Hablo de los valores y el equipo que hay detrás de cualquier trabajo bien hecho. En el caso de la televisión, en la práctica totalidad de las ocasiones nos olvidamos de lo que hay detrás de las cámaras. La televisión no la forman los periodistas y comunicadores que vemos día a día, la forman además miles de personas que no vemos pero que sin su trabajo sería imposible la realización de un programa. Cámaras, regidores, técnicos de luz, técnicos de sonido, peluqueros, maquilladores, realizadores, recepcionistas, electricistas, modistos, guionistas y un sinfín de etcéteras. Un presentador no es nadie sin todo el equipo que trabaja para que él puede aparecer en antena perfecto, con el guión (de haberlo) preparado y bien encuadrado en el plano.

Y esto no ocurre sólo en el periodismo. Muchas veces no somos conscientes de lo dependientes del resto que somos. Si falla un eslabón de la cadena se va todo al garete. Todos dependemos de todos. El mejor ejemplo que tenemos, por desgracia, en estos momentos es el del pueblo japonés: son una piña tratando de sobreponerse a lo ocurrido, realizando apagones voluntarios para evitar que empeore la situación, huyendo de la devastación sin olvidar que hay gente que lo ha perdido todo. No voy a caer en el tópico que tanto se oye últimamente de “si esto hubiese pasado aquí…”, porque aquí hemos demostrado que también podemos actuar como una piña sin importarnos procedencia, idioma o ideología, cuando se trata de ayudar ante una catástrofe de cualquier índole somos los primeros en remangarnos y tender una mano y si es necesario las dos. Ya lo hicimos cuando el Prestige y lo volvimos a hacer con el 11-M. Somos muy dados a derrotismo y pillería, pero también somos solidarios. Las generalizaciones, como es habitual, no llevan a ninguna parte.

Me he vuelto ha desviar del tema. Intentaré corregirme en próximas entradas. Sin embargo, no puedo terminar ésta sin volver a la entrevista de Ana Pastor al presidente Iraní. Concretamente, sin atender a las circunstancia que rodeaban la entrevista y a una de las declaraciones de Ahmadineyad sobre lo negativo que sería una intervención internacional (occidental) en Libia y otros países árabes dónde se están produciendo revueltas populares en pro de la libertad y en contra de la tiranía de dictadores acérrimos. Sin olvidar, claro está, el último movimiento de la ONU tras dar luz verde a la creación de una zona de exclusión aérea y a las represalias de Gadafi contra sus paisanos nada más conocer la noticia. Vuelvo, además, a hacer referencia a Ana Pastor, ésta vez en el programa de Buenafuente, cuando habla de la hipocresía con la que occidente está actuando contra Gadafi (y también lo hizo contra Ben Ali o Mubarak) mientras hace tan sólo unos meses se fotografiaban con el dictador y le ofrecían su apoyo. Voy más allá, al petróleo y a los intereses geopolíticos-geoestratégicos. Y, más todavía, a la barrera cultural que separa oriente de occidente. En estos momentos occidente debería preguntarse: ¿somos los más apropiados para dar ejemplo?

Antes de felicitarnos por dar libertad a las gentes debemos preguntarnos qué harán con ella.

Edmund Burke (escritor irlandés, 1729-1797)

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OVCP: Objeto Volador Copiado y Pegado… siempre hay que dar sombras

¿Por qué hay que ponerle sombra a los objetos? Todo depende de lo que se esté creando. Si estamos copiando el estilo de los iconos rusos o algo de pop art (objetos planos puestos uno encima del otro, sin perspectiva, sin profundidad), entonces el consejo no sirve. Aquí no hay que poner ningún tipo de sombra. Es como un collage de los que hacíamos en Plástica cuando éramos pequeños: copiar una foto/recorte encima de otro sin más. Pero normalmente no se pretende eso, sino que se busca dar profundidad y perspectiva a las imágenes. Por eso se necesita sombrear los objetos, para que no parezca que están volando.

Uno de los primeros problemas que me he encontrado manejando el Photoshop (desde mi nivel de ineptitud avanzado) es que cuando copias y pegas una foto sobre un fondo, la imagen parece que está volando y queda poco real. Para conseguir que parezca que no se ha copiado y pegado, sino que fondo e imagen son un todo conjunto hay que incluir sombras. Para ello hay varios formas de hacerlo (2 que yo haya aprendido).

1) sombreado de letras para dar profundidad

Método rudimentario de hacerlo (seguro que hay uno profesional, pero este da el pego): se copia la capa de las letras y se le cambia el contraste (Imagen/Ajustes/Brillo-contraste), en ambos parámetros se pone -100. Después se coloca la copia de la capa debajo de la original y se mueve un poco para que se vea -que no quede justo debajo, sino un poco hacia un lado, arriba o abajo-. Ya esta (estoy suponiendo que el fondo de la capa inicial es transparente, sino hay que hacerlo así para que al poner la copia-sombra debajo se vea, después se puede crear una capa de color y situarla por debajo de ambas).

2) sombreado de objetos para que parezcan más reales

El proceso es similar. Se duplica la capa y se le cambian los contrastes. Después, en la capa copia se aplica una transformación (Edición/Transformar trazado/Sesgar o Distorsionar o Perspectiva) y se aplana la imagen para que parezca la sombra del objeto. Después se cambia la opacidad de la capa-copia-sombra para que no sea negra y después se la aplica a ésta capa un desenfoque gaussiano (Filtro/Desenfocar/Desenfoque gaussiano) al gusto. Con eso va a parecer más real. Listo.

Efecto destello

Un efecto que puede quedar bien, dependiendo de la imagen que se está photoshopeando (patada al diccionario…), es el efecto destello. Seguramente se pueda hacer mucho mejor con algún plugin o tirándote media hora, pero si lo que quieres es algo rápido, Photoshop te lo da hecho.

Desde Filtro/Interpretar/Destello. Hay aparece una ventanita desde dónde configurar las características y tamaño del destello que vamos a aplicar a la foto. Queda bien en fotos que tienen luz para dar efecto de que el sol era todavía más potente y marcar los rayos. También se puede hacer dibujando una estrella, aplicando el desenfoque gausiano y después aplicando un desenfoque radial. Esto es para que quede mejor, el anterior es rápido y fácil. Depende, como siempre, de lo que se busque/pretenda/necesite.

Efecto extraer

Éste efecto -que viene por defecto con Photoshop- es muy útil. Se puede hacer de varias formas y con resultados mejores, pero si tienes prisa es bueno. Está en Filtros/Extraer. Aparece una ventana desde la que debes seleccionar la parte de la imagen que deseas extraer para, por ejemplo, pegarla en otra foto. Para ello utilizar una especie de rotulador verde. Cuando ya tienes la parte bordeada, le das al cubo de pintura y pintas dentro de la forma silueteada. Le das a previsualizar para ver el resultado y si te gusta le das OK y ya tienes la parte de la imagen que querías separada del resto.

Con mas tiempo, se hace con la herramienta pluma y marcando la opción trazado. Vas selecionando/silueteando la parte de la imagen que quieres separar del resto. Cuando la tienes, inviertes la selección y borras todo lo demás con suprimir.

Dependiendo de la complejidad y tiempo que se tenga es buena una opción u otra, aunque con la segunda se obtienen resultados más profesionales (sobretodo si se suavizan los bordes de la selección para que no queden como un corte brusco).

Algo así como copiar y pegar con estilo: tampón clonador

Después de utilizar ésta herramienta, todavía no me explico porqué he estado tanto tiempo sin saber de su existencia. Me ha sacado de más de un apuro… Si lo que se pretende es modificar, ampliar, corregir… es inevitable usarla. Puedes borrar cualquier objeto rellenándolo al mismo tiempo con parte del fondo de forma automática y con un resultado bastante bueno (depende de cómo sea la foto).

Objetos en 3D

Para ésto me tuve que descargar el siguiente plugin porque no lo tenía en el ordenador, pero funciona a la perfección. Se trata de dibujar figurar básicas en 3D. Después se pintan con un poco de dificultad (todavía estoy en ello porque sólo consigo que sean grises y no de colores… tengo que investigar más).  Para pintarlas y que queden más o menos reales (con cambios de luz) utilizo la varita mágica para la selección de las partes y el bote de pintura/degradado. No es excesivamente aceptable el resultado, pero poco a poco lo mejoraré.

Opacidad de capas

Esto lo tendría que haber puesto antes, pero es tan obvio que lo he ido olvidando en cada entrega. Es una de las mejores opciones del Photoshop. Como ya comenté: trabajas por capas (pensar en una cebolla) y es importante saber que no todas las capas son opacas (sólidas), sino que puedes utilizar veladuras, como cuando se pinta de verdad. A mi esto no me parece pintar de verdad… que no le voy a quitar mérito pero dale a un fotógrafo un lápiz y hablamos (ahora saldrá alguno que dibuja bien para hacerme quedar mal) o mejor, dáselo a uno de los brillantes genios que se ha comprado el Art Academy para  aprender a dibujar… Básicamente, lo que se consigue son transparencias, veladuras de colores que pueden ser útiles en un sinfín de situaciones. A mí me han salvado del apuro de crear cubitos de hielo e incluirlos sobre una imagen. No a quedado perfecto, es verdad, pero suficientemente correcto.

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Jalabad, 1997. Una periodista británica sube al coche de un joven afgano que no deja de manosear su Kaláshnikov. La carretera de Kabul es una ilusión óptica plagada de piedras y desfigurada por los desfiladeros y barrancos del terreno. El afgano conduce a la curtida periodista por lugares que no aparecen en ningún mapa.  La noche se cierne sobre el desierto cuando llega el momento de realizar el primer registro. Todo bien, pueden continuar su viaje hacia la guarida de Osama Bin Laden. No es la primera vez que la periodista realiza una entrevista de tal envergadura, pero ésta vez será diferente. Será diferente porque no va a importar lo que se diga, sino lo que se haga. Atraerá más la atención del público que la periodista se rompa una uña durante el trayecto que las respuestas que obtenga del entrevistado.

La historia que cuento es ficticia en cuanto a su protagonista. No fue una periodista, sino el periodista Robert Fisk (The Independent) el que realizó la entrevista a Bin Laden y posteriormente puso sobre el papel sus impresiones en el primer capítulo de La gran guerra por la civilización. La conquista de Oriente Próximo. Es evidente que a lo que verdaderamente hago referencia es a la entrevista que Ana Pastor realizó ayer en Los Desayunos de TVE al presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad. No estoy comparando la entrevista de Fisk con la de Pastor, pero sí pongo el acento en el trato diferente, en la mediatización de una anécdota que ha acabado quitando el protagonismo a lo verdaderamente relevante.

He exagerado un poco al inicio, pero es que estoy harta de tanto protagonismo y frivolidad barata. La propia Ana Pastor corrigió a Toni Garrido cuando éste conectó en directo con ella por la tarde en el programa Asuntos Propios (RNE). Ana Pastor destaca que el protagonista es Ahmadineyad, no ella; que la entrevista se ha realizado en una televisión pública que apuesta por la información, y que el hecho del pañuelo es simbólico y por ello no debe eclipsar la entrevista (lo importante no es el velo). Además, me quedo con la reflexión que hace sobre que una entrevista es igual sea quién sea el entrevistado.

Conexión desde Teheran con Ana Pastor en Asuntos Propios (RNE)

Como dice Garrido: Ana Pastor es un ejemplo, un ejemplo de buen periodismo, de humildad y profesionalidad. El periodista nunca es la noticia. En ningún medio, ni siquiera en televisión.

La entrevista completa se puede ver aquí.

Lo que los espectadores e internautas hemos podido ver es un verdadero duelo de titanes. Un político, de por sí, suele ser difícil de entrevistar porque es una persona acostumbrada a ello y, además, suele tener un discurso invariable, cerrado: no se salen del guión o no suelen hacerlo porque ello no sólo les incumbe a ellos como personajes públicos, sino a la institución que representan y al partido político al que pertenecen. Y repito y sigo manteniendo, una entrevista es igual sea quien sea el entrevistado, pero los políticos en intentar que el periodista no haga su trabajo, sino que siga la línea que ellos quieren. No ocurre sólo con políticos, aunque es el ejemplo más visible. Ahora bien,tratándose del presidente de un país islámico, siendo la periodista mujer (esto sólo tiene importancia por lo anterior) y analizando la entrevista, puedo afirmar (sin ningún tipo de duda) que estamos ante una entrevista brillante.

A Mahmud Ahmadineyad se le puede calificar de mucha maneras y se le puede criticar mucho, pero lo que no se puede negar es que sabe enfrentarse a un periodista. No voy a entrar en ese aspecto puesto que tampoco tengo un dominio sobre el mundo islámico suficiente para ello y prefiero no hablar de temas que desconozco. Eso sí, me gustaría destacar varias de sus respuestas en la entrevista.

Es inevitable tener la sensación de haber oído el discurso de Ahmadineyad antes, no me refiero al mundo islámico, sino a occidente. Es un calco al discurso anticomunista de los EEUU durante la Guerra Fría. Se trata del discurso del telón de acero traducido a la dicotomía oriente-occidente. El presidente iraní es todo un profesional a la hora de  balones fuera, de culpar al otro de los propios males. Las acusaciones del dirigente iraní son correctas, muestran la doble moral occidental: primar los intereses económicos y políticos frente a los sociales, es decir, primero el dolar (petróleo, materias primas…) y después el pueblo (cuando las cosas se vuelven en su contra). Sin embargo, el discurso de Ahmadineyad son toda una clase de cómo darle la vuelta a la tortilla: si occidente ataca sus actuaciones, él se encara a occidente recordándole que él tiene parte de culpa en la situación y que puso de su parte para que ahora las cosas sean como son. Una y otra vez, el presidente iraní ha insistido en la procedencia del apoyo y las armas con las que ahora se están matando en países como Libia. Ha sido claro al asegurar que EEUU y Europa tienen la culpa (o al menos parte de ella) en la situación y que una intervención militar directa en la zona empeoraría las cosas, como ya se vio en Iraq y Afganistan. Asimismo, ha afirmado que es el pueblo “el que tiene la soberanía y el que gobierna tiene que respetar los derechos del pueblo”. No creo que sea el más adecuado para dar lecciones de soberanía popular a otros teniendo en cuenta que varios dirigentes de la oposición se encuentran desaparecidos (como bien le recordó Ana Pastor en la entrevista), aunque sigue siendo significativo que sea él quien pronuncie dichas palabras.

Otro aspecto a resaltar es el ataque hacia la democracia occidental que realiza Ahmadineyad. El sistema democrático occidental es débil en muchos países donde está instaurado y en la mayoría del resto de países no se trata de una democracia propiamente dicha, sino más bien se trata de democracias aparentes bajo las que se esconden dictaduras de partido que contagia todo el sistema. Por ello, pocos, muy pocos países en el mundo pueden hablar de DEMOCRACIA e Irán no es, ni de lejos, uno de ellos.

Por último, destaco la valentía de Ana Pastor al recordarle al presidente iraní que ” los periodistas en España, no sé aquí, no estamos acostumbrados a responder preguntas, sino a hacerlas”. Valentía no por ser mujer y estar ante un dirigente islámico (que también), sino por defender su profesión y el ejercicio de la misma según las reglas del juego: la libertad de expresión y el trabajo bien hecho.

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Nada, o casi nada. Ni en contenido (no me refiero al argumento, sino al tipo de película en sí: una es una adaptación del cómic homónimo y la otra una rayada de tres pares de narices en dos partes, con un resultado más que bueno, de Tarantino) ni en personajes, ni en el elenco técnico, o al menos no veo relación aparente en IMDb que después vete a saber si el primo del hermano del sobrino de uno que pasaba por allí estaba en las dos películas… Pero no, hablo de un parecido que me llamó la atención y del que hace unos días me acordé al hablar de un concierto en el que alguien llevaba una chapa de Watchem en la solapa de la chaqueta. No es raro si tenemos en cuenta que otro llevaba un zapato de cada color… ¿Y qué tiene que ver el bacon con la velocidad? Ha esta pregunta una vez le di una respuesta coherente -pero hiriente, por eso no la repito-, pero aquí se le podría dar otra más “apta” para el momento (que tampoco la daré porque es un poco… sangrienta/asquerosilla y, además, en éste blog no se hiere a animales indefensos aunque sean de color rosa).

Como una imagen vale más que mil palabras, aquí está la relación:

 

Si, dale la vuelta a la mancha roja y cambiale nombre al cartel. ¿qué tenemos? Una falta de imaginación total que impregna no sólo carteles de cine, sino el contenido de muchas películas actuales. Eso sí, excepciones haberlas haylas, por suerte. Hay más carteles parecido, ya pondré alguno más en próximas entradas, pero tampoco quiero que esto se convierta en el tema central de la sección, así que seguiré estrujándome los sesos para seguir llenando de parecidos y semejanzas divertidas estas entradas. ¡Hasta la semana que viene!

PD. Si alguien conoce un parecido de contenido/argumento que me lo diga, es que yo Watchmen no la he visto y no quiero equivocarme poniendo cosas de más, por eso pongo de menos.

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