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Archive for 26/01/11


Valiente por tratar el tema de las drogas sin tapujos, sin realizar ningún juicio al respecto y sin moraleja. Jugándoselo todo a la baza del surrealismo y el impacto visual con toques de videoclip. Un montaje enérgico, trepidante. Una estética transgresora, en definitiva, a la que hay que unir un buen reparto encabezado por Ewan McGregor y  Robert Carlyle (sí, el de Full Monty) hacen que no te levantes del sillón. Pero llegamos al guión: diálogos escasos, aunque audaces, cínicos, crudos, verosímiles e incluso lúcidos que no vienen a decir nada. Nada a excepción de los soliloquios inicial y final y alguna frase suelta por en medio de la cinta. Para muestra un botón: “Dentro de mil años ya no habrá tíos ni tías, sólo gilipollas” [¡nos estamos aplicando que da gusto¡].

El water más sucio de toda Escocia

Posiblemente sea una de las escenas, junto a la persecución inicial, el bebé y el regalito envuelto en una sábana, que más se recuerdan de Trainspotting. Por eso mismo, no me voy a detener en ninguna de ellas. Yo me quedo con la última parte del film. Con los tejemanejes de Renton, Begbie, Sick Boy y Spud. También me quedo con la banda sonora (Iggy Pop, Pulp, Primal Scream, Lou Reed, David Bowie…) y con el vacío existencialista que marca la cinta.

La película la vi hace, aproximadamente, una semana y me sigo acordando de ella con la misma sensación agridulce que me dejó. No es que esperase más, es que esperaba otra cosa. Conociendo de antemano el parlamento inicial, pensaba que no iba a encontrar una cinta estética y técnicamente más que correcta, pero sin algo más que aportar. Porque está vacía y hace que tú la llenes. Y eso, no me disgustó: he aquí la parte dulce, ya que detrás de las subidas y bajas de la película, Trainspotting pretende que el espectador se (re)plantee ciertas cuestiones sociales y personales que llegan a no tener nada, absolutamente nada, que ver con el film. Pero, por otra parte, el hecho de mostrarse así me deja con la incertidumbre de si le busco tres pies al gato intentado llenar de contenido algo que no tiene –más del explícito- y que ha sido encumbrado como obra maestra cuando, en realidad, no lo es (he aquí el vinagre). Está claro que no es lo mismo verla en 2011 que en 1996, pero si verdaderamente fuese una obra maestra como, pongamos, La naranja mecánica, el dato de cuándo se ve la película debería ser irrelevante. Y aquí me vuelvo a detener, porque no comprendo porqué se suele comparar una de las obras maestra del grandísimo (y grandioso) Stanley Kubrick con Trainspotting. Sí, ambas son transgresoras en cuanto a lo visual y en cuanto a la temática, pero me veo incapaz de rebajar La naranja mecánica a los suburbios de Edimburgo.

No le niego a Danny Boyle su audacia, igual que le reconozco la brillantez de otras cintas suyas como 28 Días después (2000) y  Slumdog Millionaire (2009), pero no me quedaré tranquila si no me quejo del bodrio que es La playa (1999). Como decía, Boyle fue atrevido al tratar el tema de la heroína y sus efectos a partir de la obra homónima de Irvine Welsh, pero a mí no me ha llegado a convencer del todo. Un poco de sexo, mucha droga, una pizca de violencia y música de Iggy Pop no son suficientes.

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Una curiosidad que he encontrado: un cómic que destripa la peli en tres páginas.

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